Hace un año desde que recibí aquella llamada. Era una tarde cálida de septiembre y ya había comenzado las clases. Todavía recuerdo lo que estaba haciendo, perdida entre papeles en mi habitación: buscaba el resguardo de la matrícula de la de universidad. Cogí el teléfono y escuché una voz desconocida al otro lado.

Era Alex Rosaleny, un conocido modelo de Madrid -del cual yo era amiga gracias a las redes sociales- que me había conseguido un papel como actriz en el videoclip de un famoso grupo de música. Mago de Oz. Mi sorpresa fue mayor cuando, tras colgar y hablar con el productor, me explicó la idea de grabarlo todo al día siguiente. Sin pensarlo apenas, cogí un autobús hasta la capital. Me gustaba la sensación de salir así de Bilbao, sin contemplaciones; irme y vivir unas horas en otra ciudad. Me gusta viajar y me gusta salirme de lo habitual, cambiar la rutina. Llegué por la noche y me quedé a dormir en el piso -pequeño, muy pequeño- de Alex. Era algo extraño y a la vez divertido: éramos los protagonistas del videoclip, pero apenas nos conocíamos. A la mañana siguiente, los dos nos despertamos activos. Nunca había grabado nada delante de una cámara. Ambos estábamos nerviosos. Él había trabajado para importantes revistas de moda –Vogue, Cosmopolitan-; yo había hecho trabajos nacionales de publicidad. Pero grabar… era distinto.

Dos horas después, nos encontrábamos en un polígono industrial. Nos maquillaron con la cara pálida -prototipo de pareja joven a la que le gusta Mago de Oz- y sombras oscuras. Allí estaban. Mario, el productor, el de sonido, el de realización, el de edición. Y los miembros del grupo. Fue alucinante compartir aquel día con ellos. Simpáticos, sencillos y dicharacheros. Nos explicaron las pautas, y nos colocaron en una pared de color verde; el croma, lo llamaban. Tuvimos que gesticular y hacer playback mientras nos grababan con varias cámaras desde distintos ángulos. Horas de maquillaje, de escenas, de espera, de charlas, de risas, incluso de lloros -tuvieron que echarle colirio a Alex para simular el llanto por la muerte de su novia, a la que yo interpretaba-.

 

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Dejamos para el final la escena que ellos calificaban como “la más complicada”. Mario afirmaba que Alex y yo “hacíamos buena pareja” y que rodaríamos una escena de cama. Y lo dijo tan tranquilo. Me hicieron ponerme un camisón blanco. Tenía vergüenza. Alex y yo acatamos órdenes y nos subimos a una cama situada en medio de un almacén inmenso. Alex me miraba; él también estaba incómodo. El cámara se montó en un dolly (raíles por los que se desplaza al grabar) y comenzó su trabajo. Fueron las escenas más rápidas del día, pero a mí se me hizo extraño, largo. Tuvimos que besarnos. Fueron besos banales, difusos. Abrazos, sonrisas y atrevimientos. Acercamientos con un extraño. Un chico de mi edad, guapo, delicado, simpático,… y tenía que besarle. Todo muy repentino y chocante. Me vi con un tirante del camisón bajado, situada encima de él, como una pareja en una noche de locura. Pensaba en mi novio y en lo que diría si me viera en aquella situación. Me sentía culpable, como si estuviera haciendo algo malo. Nada más acabar le llamé, necesitaba contárselo. Yo no era actriz, solo una aprendiz. Era embarazoso.

Todo acabó bien. Bromeábamos y él llevaba la iniciativa. El grupo estaba encantado con el resultado. Les habíamos gustado y nosotros también estábamos contentos.

Cogí otro autobús de vuelta a casa esa misma noche. Tenía varias horas por delante para pensar en lo que había sido “mi extraña primera experiencia” delante de la cámara… Y habría más. Alex se despidió de mí con un beso en la mejilla… Eso sí que fue raro.

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