Si en un año estrenas siete películas, algo estás haciendo bien. Si Terrence Malick afirma que eres la mejor actriz con la que ha trabajado, algo estás haciendo muy bien. Sí, muy bien lo está haciendo Jessica Chastain, la actriz revelación del año que muchos comparan con Julianne Moore, por su cabellera pelirroja y su aspecto frágil; con Nicole Kidman, por su capacidad para transformarse de un personaje a otro o con Kate Winslet, por su presencia en la pantalla. Sin embargo, más allá de las habituales comparaciones que tanto gusta hacer cuando surge un nuevo talento para la actuación, no hay duda de que Chastain tiene su propia personalidad actoral, una personalidad que ya ha cautivado a grandes directores y actores. Y a un importante porcentaje de cinéfilos.

Nacida el 29 de marzo de 1981 en el seno de una familia de clase media, esta californiana que tomó el apellido artístico de su madre (su nombre real es Jessica Howard), pronto se interesó por el mundo de las artes. Con siete años decidió que sería actriz tras asistir a la representación de un musical de Lloyd Webber. A los nueve descubrió la danza, y para los trece ya formaba parte de una compañía de baile. Más adelante, comenzó a actuar en dramas de Shakespeare hasta que un compañero que participaba junto a ella en una producción de Romeo y Julieta le propuso presentarse a las pruebas de admisión de la reconocida Escuela Juilliard de Nueva York. Sí, la misma en la que se formaron actores como Laura Linney, Kevin Spacey o Robin Williams. La ayuda de este último, que le facilitó el acceso a una beca, fue fundamental para que Chastain comenzara sus estudios en la institución educativa con menor tasa de admisión en Estados Unidos. Tras graduarse, esta vegetariana convencida continuó su trabajo sobre las tablas y no precisamente con intérpretes desconocidos: Philip Seymour Hoffman la acompañó en una versión de Otelo y el mismísimo Al Pacino la escogió para compartir escenario en Salomé, de Oscar Wilde (esta se convertiría más tarde en un documental presentado en el pasado festival de Venecia). Muchos de los que vieron la cinta afirman que la interpretación de Chastain supera a la del mítico actor.

De las tablas al celuloide
Gran parte de los intérpretes prefieren el teatro al cine. Resulta lógico si tenemos en cuenta que en el séptimo arte el control del actor sobre el producto final es prácticamente inexistente. Sin embargo, no es menos cierto que el cine supone el reconocimiento del público masivo y también una estabilidad profesional mayor (tampoco demasiada, no nos engañemos). En el caso de Jessica Chastain, este reconocimiento ha llegado de forma repentina en el último año. Ella afirma que la coincidencia de tantos trabajos en las pantallas se debe a los retrasos en la distribución y se sorprende cada vez que ve su nombre en carteles promocionales. La tímida interprete ha sido una espía del Mossad en La deuda, una madre sumisa pero adorada por sus hijos en El árbol de la vida, la esposa de Michael Shannon en Take Shelter o de Ralph Fiennes en Coriolanus y una detective en Texas Killing Fields. Además, participa en Criadas y Señoras, el éxito sorpresa del año que ya ha provocado muchas lágrimas en las salas. Algunos de estos papeles le han valido el premio de la crítica de Nueva York y una nominación a los Independent Spirit Awards. Pese a ello, Jessica se alegra de que todavía no la reconozcan por la calle aunque oigan su nombre en los medios y bromea diciendo que debe de ser la primera actriz desconocida de la que todos se han cansado. Esperemos que se equivoque.

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