Mikel Fernández Bilbao

Ya están aquííííí… 

Y sí, empiezo esta nuestra columna, parafraseando a Carol Anne Freeling en el clásico de cine de terror ‘Poltergeist’, esa de la niña con el pelo rubio – casi – blanco tocando la televisión.  Y es que para muchos la Navidad (y sus consiguientes cenas, ya sean de trabajo, familiares, etc.) nos produce casi la misma sensación que los efectos paranormales de la película en cuestión.  De hecho, mantengo que si en vez de programar ‘E.T.’, ‘¡Qué bello es vivir!’ o el clásico telefilme cuyo nombre me es imposible recordar, con una niña (o niño), un Papá Noel y el típico adulto que no cree en «la magia de la Navidad», hicieran ciclos de cine de terror las audiencias subirían más que con la final de ‘Acorralados’.

Primero se tiene la cena navideña del trabajo (esto es si no eres uno de los cinco millones de parados de este país) en la que unos, debido al hecho de que está el jefe, ni siquiera mojan los labios en el champán y se pasan la cena contando los minutos para poder marcharse a sus respectivas casas y no tener que ver el espectáculo creado por los demás. Y es que los otros (entre los que me incluyo) somos de los que acabamos muy borrachos (o humanos, que diría la gran Nati Abascal) queriendo a todos, incluyendo a tu jefe (sobre todo si está todo bueno) y cantando en el karaoke de la fiesta cual Bridget Jones dedicando una balada a Daniel Cleaver (y si no has visto esta película NO tienes derecho a leer mi columna, lo siento, la vida es así de dura).  Esto es, da realmente igual lo que uno haga en dicha cena, al día siguiente nadie podrá mirarse a la cara en el trabajo, porque unos verán a los borrachos que hacían el ridículo intentando tirarse al de contabilidad, y otros no querrán que les vean por haberse intentado tirar a dicho contable (eso y porque no querrán que se les vea las ojeras de resaca que tienen).

Y después de hacer el ridículo en la cena de la empresa, nada como una buena cena familiar para que sea la madre de uno (o la tía, o el hermano, o el familiar insoportable en cuestión) el que nos ponga en ridículo, mientras se nos atraganta el langostino. «¿Tienes novio?», «¿Novia?», «Es que, seamos realistas, Fulanito, ya no eres un niño». «¿Ya habrás encontrado trabajo?», «¿No?», «Bueno es que la economía está tan mal…».  Y claro, luego se sorprende la gente cuando en Navidad de repente uno empieza a sentirse poseído por Jack Nicholson en ‘El Resplandor’ y lo único que quieres es coger un hacha y acabar con todos.

Y luego se sorprende la gente de que el índice de suicidios suba un 40% en esta época del año.

Yo, por mi parte sólo puedo recomendaros una cosa: sonreíd y «dientes, dientes, que es lo que les jode».  

Y si no, ya se sabe, mucho champán (o cava, si eres de Esquerra Republicana), o mucho kalimotxo (con “c” y “ch” para los que viven de Vitoria hacia el Sur).

Ilustración de la entrada vía adamzyglis.com

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