De un tiempo a esta parte, se ha hecho habitual que los grandes estudios de Hollywood embarguen las críticas de las películas con las que esperan recaudar más millones o conseguir mayor cantidad de galardones durante las temporadas de premios. Eso es, pretenden confiscar los textos con las opiniones de los periodistas especializados en el séptimo arte. El procedimiento es muy sencillo: la productora organiza el pase de prensa y antes de que este comience, todos los asistentes son obligados a firmar un documento en el que se comprometen a no publicar artículos en los que se valore la cinta hasta una fecha determinada. Tan simple y tan sencillo como poner trabas a la libertad de expresión. Hasta el momento, nadie había osado desafiar semejante norma. Pero en diciembre llegó David Denby y su crítica de “Los hombres que no amaban a las mujeres”, publicada antes de la fecha acordada con Sony Pictures Entertainment. “¡Qué le corten la cabeza!”, gritaría algún alto directivo desde su despacho de Los Ángeles.

Denby es el crítico cinematográfico de cabecera en el célebre semanario The New Yorker. El pasado mes de diciembre, cuando se disponía a redactar sus reseñas sobre las películas de la semana, se percató de que el estreno más destacado que podía tratar era Un lugar para soñar. Como sabrán todos los que hayan visto esta cinta, se trata de una película con la que difícilmente podría organizarse un cine fórum. David Denby pensó lo mismo. Y consideró que comentar la última obra de David Fincher basada en la conocida novela de Stieg Larsson no haría daño a nadie. Él podría tratar temas más sustanciosos en sus críticas y el estudio no se vería afectado, pues Denby tenía una opinión muy favorable sobre la cinta. Mal considerado.

Poco importó que Denby alabara la interpretación de Rooney Mara (que el estudio quería promocionar para los próximos Oscar) o el montaje de la película. Desde Sony Pictures Entertainment solo vieron que la crítica se había publicado el 5 de diciembre cuando la fecha pactada era el 13 de diciembre, una semana antes de su estreno en  Estados Unidos. Por ello, procedieron a enviar una carta a todos los asistentes a la proyección en la que les hacían saber que David Denby (un hereje para el resto de su carrera) y The New Yorker se habían negado reiteradamente a cumplir su parte del trato. A este escrito le siguió la publicación del correo electrónico que Scott Rudin, el productor de la cinta que al conocer la noticia suponemos gritaría: “¡Qué le corten la cabeza!”, le envió a Denby. En él le comunicaba que no le volvería a invitar a los pases previos a los estrenos de sus cintas (que no siempre son del estudio Sony) y le recriminaba que con su actuación dañaba las posibilidades de la película en la temporada de premios.

La verdad es que en este segundo caso, Rudin tenía razón. Ya el año pasado cuando parecía que su red social se convertiría en la gran vencedora de los Premios de la Academia, apareció un rey tartamudo apadrinado por los hermanos Weinstein, principales competidores de Rudin en fabricar cintas para ganar premios Oscar, que venció al creador de Facebook. Con este precedente, el productor no quería dejar nada sin atar esta temporada y asegurarse de que en febrero sí subiría al escenario del teatro Kodak para recoger alguna estatuilla. Por ello, diseñó una campaña publicitaria con los dichosos embargos de por medio que, finalmente, ha servido para muy poco. Y no porque David Denby haya faltado a su palabra, sino porque las películas que Rudin presenta en esta ocasión no son tan brillantes como las de años anteriores.

¿Solo publicidad? ¿O también calidad?

Parece que, en la actualidad, la estrategia publicitaria de cualquier gran estreno viene acompañada de un embargo. Este supone una violación a la libertad de expresión pero, además, no suele cumplir su propósito. En el caso de las grandes superproducciones porque el público al que van dirigidas rara vez se fija en las críticas cinematográficas. En el de las  películas “de prestigio” porque tarde o temprano los votantes de los premios cinematográficos se dan cuenta de si realmente son obras maestras o películas mediocres con una gran campaña de publicidad. Si en años anteriores fue Nine la gran estafa de la carrera a los Oscar (finalmente solo logró cuatro candidaturas en categorías menores), en esta ocasión han sido las películas de Scott Rudin las que no han presentado la calidad esperada. Su estrategia basada en retrasar los estrenos de Tan fuerte, tan cerca y de Los hombres que no amaban a las mujeres no ha bastado para ocultar que la primera es una película sensiblera y cursi y la segunda un thriller aceptable de un director del que siempre se espera lo mejor. Por ello, la adaptación de la novela de Larsson aún puede lograr candidaturas en las categorías más destacadas, si bien resulta muy improbable que Rudin se haga con las ansiadas estatuillas. Y es que al final, la buena publicidad debe promocionar un producto de calidad. En ello, poca importancia tiene que una crítica se publique una semana antes o después, aunque, por supuesto, la elección del momento en el que las reseñas ven la luz debería ser competencia exclusiva de los informadores.

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