“¡¿Victoria?! Victoria, dices a esto Obi-Wan, esto no es victoria… Del lado oscuro el velo ha caído, la Guerra Clon empezado ya ha…”

Yoda a Obi-Wan Kenobi

Star Wars Episodio II: El ataque de los clones

Tomando esta frase como punto de referencia, y el frikismo como punto de partida, hoy vengo a hablar del lado oscuro. El lado oscuro del arte. Y del no tan arte. Hay ciertos momentos en la vida de toda persona, en la que, por muy corta que sea, uno se plantea ciertas cosas. De dónde vengo, y a dónde voy. Cosas de la vida, qué se le va a hacer. E inevitablemente, tiende a plantearse si pertenecerá o no al lado oscuro. Qué miedo.

Digamos que en el mundo del estudiante artístico, y ya no solo del estudiante artístico, si no de cualquiera que tenga cierta pretensión de creatividad, o de cualquier moderna al uso, existe lo que parece una lucha constante por pertenecer. Pertenecer a qué, uno se preguntará.

Pertenecer a un ambiente en el que, ilusoriamente, el sujeto creerá estar a gusto. Este mismo tenderá progresivamente a desechar ciertos comportamientos y hábitos que hasta entonces había considerado adecuados y corrientes, para tomar el mamarrachismo por bandera. Y es que, no seré hipócrita, dárselas de guay gusta, y todos lo hacemos. Pero con un poquito de moderación.

Qué fácil es caer en el absurdo, y qué difícil eliminar esa sensación. Y no digamos la etiqueta. Que nos gusta etiquetar (y habitualmente desde el desconocimiento y la ignorancia más absoluta) más que a un tonto un lápiz. Y es entonces, en ese exacto punto, en el proceso de etiquetado, cuando se dará cuenta de un pequeño detalle: se ha visto sometido. Sometido a opiniones y valoramientos que jamás le debieran haber importado. Ha sucumbido a la presión y al juicio ajeno, de personas que,  con la mayor de las probabilidades, no comparten con él más que la pose al salir de fiesta y algún que otro tema en el Spotify. Y es entonces, cuando por cosas de la vida, uno ha de decantarse por uno de los dos lados.

Es muy fácil ser un espantajo prepotente  y andar con la  capa negra por la vida, es muy fácil juzgar, y mucho más fácil crear un ejercito para proteger el imperio de uno. Que entiendan, medrar no es fácil. Pertenecer no es fácil, y mucho menos, permanecer. Y si usted ha llegado hasta este punto del texto, sabrá que a buen entendedor, sobran palabras.

Y digo esto, porque nunca he sido partidario de los lobbies. Nunca. Porque ni el arte, ni la vida tratan de eso. A mi parecer, al menos. No puede uno recrearse en sí mismo con los seis lameculos de siempre a su alrededor.  Porque, sincera y honestamente, no es sano. Porque hay más mundo. Y porque de la crítica negativa (que no destructiva, dos conceptos que distan mucho) también se beneficia uno. Es el punto determinante que le ayudará a saber en qué lado de la guerra está. Una guerra de clones. Y el mensaje de este intento de ironía ni lo explico, pues  no creo ni que haga falta.

Pero si la fuerza te acompaña, y lo hace más a menudo de lo que piensas, puedes acabar ganando. Tal vez no te lamerán el culo, pero bastante gratificante será mirarte al espejo y poder decir que cuentas con personas sinceras, cabales, y realistas luchando en tu bando. Lo de tener una nave más o menos bonita, al final es una minucia. Uno intenta día día aprender a tener criterio. A saber seleccionar todo aquello que le beneficia, y apartar (que no destruir) lo que está de más.

El alejarse del lado oscuro a uno le permite tener una mentalidad mucho más relajada, serena y tranquila. Uno acaba viviendo en paz consigo mismo, y se puede dar el gusto de hacer ciertas cosas, como ver la reciente exposición de Hockney  en el Guggenheim sin presiones, ni prejuicios… ni oscuridades.

Sucede que es una explosión de color, un trabajo constante y paulatino sobre el paisaje y la naturaleza. Que recomiendo verla sí o sí, no hace falta repetirlo. Y  no debería dar razones para ello, pues el nombre de David Hockney habla por sí sólo, pero realmente, esta exposición es una LIBERACIÓN con mayúsculas. Es un gustazo visual. Es, desde que visito el museo, posiblemente la exposición mejor planteada y organizada. Un recorrido muy ameno y dinámico  por las salas, que nos presentan cuadros de grandes dimensiones en los que uno se adentra y pierde por completo.

Hago hincapié en que se realice una parada larga frente a la obra compuesta por 32 lienzos, “La llegada de la primavera a Woldgate”, que reina, soberana y orgullosamente la sala, llenándola de vida y color. Muy interesante además el uso que hace del iPad, el que considera su actual cuaderno de apuntes, y los dos ejemplos que nos ofrece de escenografías para obras teatrales. Una delicia de exposición de la que personalmente, he salido iluminado. Liberado. Ilusionado. Y vivo, más vivo que nunca.

Porque finalmente, llegó el sol, y terminó la oscuridad.

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