El término arte es escuchado y empleado en abundancia por los partícipes de cuantiosas sociedades. Prácticamente, bien o mal, en cualquier rincón del planeta se emplea esta palabra en su lengua correspondiente. Es una vocablo que se pronuncia y entiende sin demasiada dificultad, el cual generalmente se suele usar para aludir a todas aquellas manifestaciones, tanto humanas, naturales como culturales, que suscitan interés y curiosidad por su valor expresivo y estético-sonoro. Arte puede ser, pues, desde la más bella escultura hasta la más extravagante moda que impera en una temporada determinada; desde la más sensual fotografía hasta el más atrevido peinado; desde la más estridente melodía hasta el escrito más provocativo.

No obstante, la idea de arte, aún hoy problemática y difusa, tal y como la concebimos en la actualidad nace en siglo XIX, por lo que es factible decir que su concepción es relativamente joven en comparación con las demás significaciones que poseyó en el restante (y más dilatado) lapso de historia. El presente artículo ensayará brevemente y sin demasiada profundidad sobre los albores de este interesante y abstracto concepto y sus distintas aceptaciones en la región occidental europea, con el fin de conceder una somera base al lector sobre dicho vocablo, para que luego pueda aplicarlo con mayor criterio a lo que crea conveniente. No se pretende, sin embargo, dar una definición rigurosa y cerrada del arte, pues este es un arduo cometido, aunque se intentarán mostrar las razones por las que la mayor parte de la gente entiende el arte como lo hace hoy en día.

Significativamente, la palabra latina “ars” deriva del griego y no venía a denotar lo que entendemos hoy por “bellas artes” en el sentido de una obra agradable a los estímulos sensoriales. El arte, en la cultura grecolatina, agrupaba a todos los oficios técnicos humanos; por ende, la labor tanto de un cantero como de un zapatero se podía considerar arte, y ellos, los sujetos, artesanos. Fue durante esta Antigüedad clásica, cuando Galeno, en el siglo II de nuestra era, distinguió las artes en liberales y en serviles, diferenciándolas en que las primeras eran todas aquellas actividades intelectuales humanas (las que el hombre ejecutaba mediante su razón y sabiduría), mientras que las segundas agrupaban todas las prácticas mecánicas humanas (las que el hombre emprendía manualmente sin ningún rigor científico y erudito).

Pocos siglos después, Marianus Capella fijó las artes liberales, las intelectuales, en siete, en consonancia con el misterio que guardaba este número con el ferviente cristianismo del momento, véase, las siete virtudes, los siete sacramentos y los siete planetas. Estas artes venían a ser la Gramática, Retórica, Dialéctica, Aritmética, Geometría, Música y la Astronomía. Fue Boecio en siglo VI quien las dividió en dos órdenes, a saber, las tres primeras las agrupó bajo el nombre de Trivium mientras que las cuatro restantes recibieron el nombre de Cuadrivium. Se intuye, por lo tanto, que las artes mayores (arquitectura, escultura y pintura) que se analizan en la actualidad tanto en los estudios de la Historia del Arte como en Bellas Artes, no eran consideradas como tales y se incluían dentro del grupo de las serviles, entendiéndose estas como actividades secundarias, sin prestigio, completamente mecánicas y bajo el yugo de los talleres de los gremios.

El tema e iconografía de las artes liberales se ha prodigado intensamente a lo largo de toda la Historia del Arte. Cada una de estas artes aparece representada con su propio atributo identificativo.

Tal concepción permaneció hasta la Edad Moderna, momento en el que comenzó a generalizarse una lucha en orden a liberar al artista del carácter artesano-obrero y considerarlo como un intelectual. Fue el italiano Filippo Brunelleschi quien se encaró por primera vez a los gremios, reivindicando su hazaña como plenamente artística, laboriosa e intelectual. A este le sucedieron una serie de personajes que exigían igualmente un trato superior que los menestrales. Esta realidad, asimismo, fue apoyada por la publicación de los primeros tratados de arte con la finalidad de crear una teoría del arte bien sólida para demostrar que las producciones de los artistas no eran fruto de la manualidad, sino que el intelecto era el fundamento de toda creación artística.

Fue así como paulatinamente se fueron fundando las Academias. Eran lugares en los que se reunían estos revolucionarios artistas para tratar sobre cuestiones especulativas y teóricas del arte, tocando temas como la filosofía, la estética, la teología, etc. No obstante, durante un largo tiempo, estas fundaciones convivieron junto a los gremios, por lo que la novedosa revalorización del artista y su producción no se produjo en su totalidad. A grosso modo, y en palabras de A. Blunt, “la diferencia esencial entre los gremios y las academias consistió en que estas últimas trataron las artes como temas científicos, de los que era preciso enseñar tanto la teoría como la práctica, mientras las corporaciones gremiales se contentaron con fijar y perpetuar una tradición técnica”.

Esta larga tradición de considerar las artes visuales como secundarias duró hasta el siglo XVIII, etapa histórica que se conoce con el nombre de Ilustración y donde predomina la idea-fuerza del racionalismo. A partir de aquí, y con la figura del francés Charles Batteux, la concepción de arte cambió radicalmente y con este se culminaron con éxito los esfuerzos de los hombres de la Edad Moderna, originando, en consecuencia, la idea de arte con la que se versa en la actualidad. El mencionado personaje estableció una nueva categoría de las artes, echando por la borda la arraigada costumbre del Trivium y Cuadrivium medievales. Según Batteux, el arte consiste en la imitación de lo bello, todo aquello que produce un efecto sensorial a través del sentido de la vista y del oído. Aunque es cierto que en un principio su agrupación consistía en la arquitectura, escultura, pintura, danza, música y retórica, finalmente, en el siglo XIX, tales disciplinas se simplificaron en tres, precisamente las hoy (mal) llamadas artes mayores, a saber, la Arquitectura, Escultura y Pintura.

Tras este breve pero intenso recorrido cronológico es fácilmente perceptible que la noción actual de arte es muy novedosa y que la mayoría de las sociedades occidentales anteriores a Batteux no la entendían como se hace ahora. El arte actual es, por tanto, producto íntegro del siglo XIX. En los últimos años, empero, es evidente que se están gestando novedosos modelos e ideales de arte en relación con los nuevos planteamientos ideológicos y el desarrollo de la tecnología. En este sentido, se ha puesto en boga de los especialistas siete disciplinas (otra vez este número) en donde se repiten de nuevo la arquitectura, escultura y pintura y se añaden la música, la danza, la literatura y el cine, este último prototipo de la evolución tecnológica.

En definitiva, ¿es correcto llamar arte a lo que en la actualidad se hace?, ¿por qué es un término tan convulso y enrevesado?, ¿dentro de unos años, en esta sociedad tan dinámica y vivaz, sus participantes seguirán refiriéndose con este vocablo a lo que hoy conocemos como arte? Todas estas son preguntas que siguen sin tener una respuesta firme y que continúan originando múltiples quebraderos de cabeza a los especialistas de la materia, máxime si todavía hoy no se ha hallado una definición cerrada y definitiva del concepto. Y es que, el arte, quieran o no reconocer, es pura abstracción etérea.

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