La hipnosis no funciona

Si hay un término que define la carrera de Danny Boyle ese es la irregularidad. Se dio a conocer en el ámbito internacional con Trainspotting (1996), una cinta de culto y un clásico contemporáneo que cautivó a la audiencia y a la prensa especializada. La adaptación de la novela de Irvine Welsh sobre un grupo de drogadictos escoceses, que tendrá su secuela preparada para 2016, sorprendió por su innovador uso de la fotografía, el montaje y la música, así como por su frenético ritmo narrativo, muy adecuado para la historia que la película contaba. Son esas las señas de identidad de un realizador que salió escaldado de sus experiencias hollywoodienses (La playa y Una historia diferente no cumplieron con las expectativas depositadas en ellas) y volvió a cautivar a crítica y público con una reinterpretación del cine de muertos vivientes en 28 días después (2002). Para después pasar a un olvido prácticamente total con cintas más o menos interesantes, más o menos logradas: Millones (2005) y Sunshine (2007). Parecía que Boyle estaba acabado. De hecho, Warner Bros planeaba estrenar directamente en el mercado doméstico su nueva cinta, una historia sobre niños mendigos de la India. Pero la suerte se puso de lado del británico. El gran estudio cedió la pequeña película a Fox Searchlight, que la convirtió en el mayor éxito en la carrera de Boyle. Ocho premios Oscar (incluidos mejor película y director) y 377 millones de dólares en la taquilla mundial para un filme agradable y sobrevalorado. La buena racha siguió con 127 Horas, sobre un montañero que quedó atrapado en el Blue John Canyon de Utah. Aplausos de la crítica y seis nominaciones a los Premios de la Academia para una película efectista, pero olvidable.

Adjetivos que también se pueden aplicar a Trance, su última cinta. A Danny Boyle le ocurre lo que a Tim Burton. Su estilo cinematográfico y forma de rodar han dejado de sorprender y de resultar originales para volverse previsibles. Ofrece lo que de él se espera. Nada más. Música constante, acrobacias con la cámara y una edición rápida. Sin duda, son recursos que consiguen engatusar al espectador y mantener su atención. Más aún si se trata de contar la historia de un ladrón (James McAvoy) que olvida dónde ha dejado el cuadro de Goya que ha robado en colaboración con el líder de su banda (Vincent Cassel) y que para recuperarlo, no duda en recurrir a una hipnotista (Rosario Dawson). Un thriller con constantes giros de guion que en un primer momento interesan, pero que terminan por conducir a un desenlace bastante decepcionante e incluso aleatorio. La película podía tener cualquier final. Solo haría falta un nuevo cambio de rumbo en la trama. Por ello, cuando en la pantalla aparecen los títulos de crédito, el espectador no puede menos que pensar en el carácter inofensivo (aunque entretenido) de lo que ha visto.

En cuanto a las interpretaciones, tanto James McAvoy como Vincent Cassel logran crear unos personajes convincentes, si bien la gran revelación de la cinta es Rosario Dawson, una actriz que en dieciocho años de carrera no ha encontrado su sitio. Ni en el cine comercial ni en el independiente. En Trance demuestra que no es por falta de talento actoral.

La revolución, ¿truncada?

Más trascendencia posee Después de mayo, nuevo trabajo del francés Olivier Assayas sobre los años que siguieron a las protestas de mayo del 68. La cinta, de carácter autobiográfico, muestra con sencillez y profundidad el contexto social y político de principios de la década de los setenta, así como la dualidad entre el compromiso con los ideales y las aspiraciones profesionales y personales. Al contrario que en Trance, aquí no hay encuadres enrevesados ni artificios del montaje. Las secuencias se separan con fundidos a negro y la cámara solo se desplaza para seguir a los personajes. El guion, ganador de la Osella de Oro en el pasado festival de Venecia, es lo suficientemente sólido como para valerse por sí mismo y no depender de recursos estéticos que hechicen a la audiencia. La historia ya lo hace por su propia cuenta. 

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