Un mayordomo demasiado servicial

No es Lee Daniels un director que se caracterice por la sutileza. Ni por dejar indiferente a crítica y público. En la sobrevalorada Precious no dudaba en mostrar a la madre de la protagonista, la ganadora del Oscar Mo´Nique, lanzando una sartén a Gabourey Sidibe, su hija en la ficción. En la infravalorada El chico del periódico, la escena de Nicole Kidman orinando sobre Zac Efron dominó el debate sobre la película. Ahora presenta El mayordomo, cinta basada en la historia real de un sirviente afroamericano que trabajó en la Casa Blanca con siete administraciones presidenciales diferentes, desde los años cincuenta de Eisenhower hasta los ochenta de Reagan, y presenció, en primera persona, la lucha por los derechos civiles de la comunidad negra. Para relatar estos acontecimientos, Daniels ha optado por un estilo clásico, academicista y sentimental que, a buen seguro, le llevará a la gala de los Oscar en marzo. Sin embargo, también hay excesos en el metraje, sobre todo de almíbar. Menos visibles que en ocasiones anteriores, pero igualmente nocivos para la narración de una historia que pretende ser más grande que la vida y se queda en muy poca cosa.

Y es que si bien en esta ocasión no hay cazuelas voladoras o lluvias doradas (el espectador se debe conformar con ver a Lyndon B. Johnson en el servicio), el cineasta afroamericano ha decidido reflejar en dos horas de metraje la práctica totalidad del siglo XX estadounidense. Como resulta evidente, semejante labor solo se puede conseguir si la cinta se limita a mencionar de forma superficial los acontecimientos que marcaron la pasada centuria en el país norteamericano. Así, tras una breve introducción de los orígenes del protagonista en un campo de algodón, la película se limita a combinar escenas sobre su vida personal con mínimas apariciones de los presidentes estadounidenses. Eisenhower, Kennedy, Nixon o Reagan, más o menos caricaturizados, desfilan por el Despacho Oval sin que el espectador llegue a conocer su personalidad o sus decisiones políticas. No, aunque se centre en la lucha por los derechos civiles y se desarrolle, en gran parte, dentro de la Casa Blanca, El mayordomo no es una película política.

Más grave aún, tampoco es una cinta social. De nuevo, el director se limita a apuntar varios sucesos que marcaron el proceso de la comunidad afroamericana por conseguir la igualdad ante la ley. Pero nunca profundiza, nunca analiza. Con un montaje más propio de un telefilm, lleno de cortes bruscos e innecesarias imágenes de archivo, nos sirve demasiados platos sin que lleguemos a degustarlos. El ataque a un autobús en Birmingham (Alabama) por parte del Ku Klux Klan, Malcolm X o los Panteras Negras solo son citados. Ni siquiera Martin Luther King ocupa gran espacio en el metraje y apenas sabemos de él que ha sido asesinado.

Tampoco es El mayordomo un drama familiar; sus personajes son demasiado planos y los conflictos, convencionales en exceso. Entonces, ¿qué es la última cinta de Lee Daniels? Nada más y nada menos que un relato bienintencionado, almibarado y de fácil digestión para todos los públicos. No hay complicaciones ni dilemas morales, es una película amable que, al intentar agradar a todos los espectadores (blanco o negro, cinéfilo o público general), termina por generar cierta indiferencia. Aunque el filme entretiene y se ve bien, no deja de ser una oportunidad perdida para mostrar una situación que aún hoy divide a la sociedad estadounidense y es objeto de numerosos debates. Sin embargo, Daniels escoge el camino sencillo, el del azúcar y el triunfalismo. Ni que él pensara que la igualdad entre blancos y negros se ha alcanzado en su país con la llegada de Obama al poder.

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Oprah, la “robaescenas”

Al menos, los actores realizan una labor eficiente. Sobresale la interpretación de Oprah Winfrey como una madre de familia alcohólica y solitaria. La estrella de la televisión dota de gran intensidad a su personaje sin llegar en ningún momento a la sobreactuación. No cabe duda, es la “robaescenas” de la función. Asimismo, destacan las breves apariciones de Alan Rickman y Jane Fonda como el matrimonio Reagan o la labor de Robin Williams como Eisenhower. En cuanto a Forest Whitaker, como el mayordomo protagonista no tiene la posibilidad de mostrar sus contrastados recursos actorales. Es un simple espectador de lo que sucede a su alrededor, sin implicarse en la acción en ningún momento. Solo sirve platos, muchos platos. ¿Fiel reflejo del filme?

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