Siempre había admirado a Patti Smith. Siempre la había idolatrado. Desde que escuché Gloria. Desde que me sumergí en sus largas canciones de seis o siete minutos, escuchando su voz desgarrada y sus gritos. Sus movimientos en el escenario, su cuerpo escuálido, su pelo, actitud, y su camiseta de Fuck the clock. Patti, siempre para mí, había sido poesía. Ella y sus largas gabardinas, también sus zapatos de punta y sus gafas oscuras. Siempre fue para mí la reina. Existían muchas más, Lucinda Williams, Debbie Harry, Joan Jett, Tina Turner, Janis Joplin o incluso Wanda Jackson –primera mujer que hizo rugir una guitarra-. Pero no. Fue ella. Ella llegó a mí. Al igual que llegó su libro a mis manos.

Había leído sus poemas, sabía que había estado relacionada con algunos de los escritores malditos de la Generación Beat. Sabía cosas. Sabía, que había tenido una relación con un tal Robert que había muerto. Sabía, que sentía una afinidad hacia Dios. Hasta que su libro, cayó en mis manos. Una propia historia de su vida contada por ella misma. “Éramos solo unos niños”, y qué tenía que ver ese título… lo cierto es que mucho. Estaba claro que Patti, tenía algo que contarme.

Ella vivió en su piel el pasar hambre por el arte, hasta convertirse ella misma, en lo que tanto hacía, arte y arte. Patti es, y será arte. Ella fue madre joven, aunque no ejerció como madre en su juventud. Huyó de su hogar, mendigó por las calles de Nueva York, durmió sola, fría, sin nadie en Central Park. Rebuscó entre basuras, hasta que llegó Robert, su alma gemela, que por lástima se fue. Leía y leía, hacía teatro y amaba a Rimbaud. Conoció a Jimi Hendrix y vivió la noticia de su muerte en su piel. Conoció a Janis Joplin, la escribió una canción, se la enseñó; la describía como el alma solitaria que era, aunque llegaba a eclipsar escenarios. También vivió su muerte. Vio a Jim Morrison moverse sobre un escenario con sus pantalones de cuero y sin camiseta, desprendiendo fuego sobre un desierto. También conoció su muerte. Y las suposiciones de esas muertes, que hasta día de hoy siguen existiendo.

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Leía su libro en el autobús, cada mañana de camino a la universidad. Y cada vez que cerraba un nuevo capítulo, una sensación nueva me corría por la espalda, por los pies, por los brazos. Ella y su desordenado mundo. Sus pensamientos y sus hojas de poemas a máquina de escribir merodeaban por mi cabeza. Ella, era solo una niña, no buscaba éxito. Y lo acabó atrayendo. De empezar con recitales de poesías, de ser criticada por sus vestimentas y su pelo a lo Keith Richards, a ser una estrella. La reina del rock and roll. A desgarrar poesía, y a hacer temblar los poros de la piel. Nunca fue atractiva. No tuvo el cuerpo de Lita Ford, ni su melena rubia. Pero eso no importó. El arte no tiene por qué ser estético. Y para mí, la perfección nunca llegó a ser prescindible.

Pero Patti, es otra cosa y es imprescindible a día de hoy en mi lista de reproducción; en la pared de mi habitación roja. Es necesario levantarme cada día, y tenerla en frente. Aún recuerdo entre páginas, cuando su primera guitarra la eligió a ella. Y como ella, la reina del rock and roll, me eligió a mí. Y juro, que si algún día me la topo cara a cara la diré: Hey Patti, yo también era solo una niña.

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