Ridley Scott es uno de los grandes, de eso no cabe ninguna duda, su trayectoria lo avala, pero su última cinta, El Consejero, está creando controversia en nuestras salas de cine. Cuenta con un elenco excepcional (Michael Fassbender, Cameron Díaz, Javier Bardem, Penélope Cruz, Brad Pitt) y no por ello se ha librado de ser tildada de monótona, aburrida, difícil de seguir e incluso vacía. La crítica y el público se están cebando, injustamente en mi opinión, con un filme que ofrece mucho que analizar y da incluso qué pensar. (No obstante, reconozco mis pésimas expectativas al sentarme en la butaca, por lo que puede que emita un juicio en extremo positivo (por eso del factor sorpresa…) y, por tanto, igualmente injusto que las críticas desgarradoras). Lo mejor, como siempre, es que pasen y vean y juzguen por ustedes mismos, pero sólo sea por hacer de contrapartida de los grandes críticos y la opinión popular, ahí va mi pequeño análisis.

Brevemente una pequeña sinopsis. Fassbender interpreta a un abogado pasando apuros económicos que está locamente enamorado de Penélope Cruz (una buena chica católica) y que se ve envuelto en un dilema moral movido por la propia codicia: inmiscuirse o no en el tráfico de drogas en la frontera Mex-EU (y toda la turbiedad que lo acompaña) de la mano de uno de sus clientes (Javier Bardem), quien a su vez comparte su pasión por el lujo, la opulencia y la excentricidad con su bella pareja, personaje interpretado por Cameron Diaz.

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Diaz está increíble en su papel de nueva rica, ambiciosa y jodidamente lista. A sus 41 años sigue teniendo un cuerpo de impacto pese a que el peso de los años se le empieza a notar en la cara. Sumamos el maquillaje excesivo, las joyas descomunales, unos vestidos apretados y un gran tatuaje y… ¡voilá! Maravillosa para el papel.

Por otro lado, El Consejero nos regala algunas grandes escenas para el recuerdo. Una de cal y otra de arena. Por un lado, una muy impactante escena de sexo (contada por Bardem, una pequeña genialidad, en serio) y, por otro, dos de los asesinatos más sórdidos y astutos que se han visto últimamente en nuestros cines.

Sin embargo, creo que la gracia y el gran acierto del director se compone de los pequeños detalles. Por ejemplo, cuando nuestro abogado posa su baso en el brazo demasiado estrecho de un sofá. Una maniobra arriesgada, el vaso podría caer. Un equilibrio difícil, como el que él mismo mantiene entre el bien y el mal y la línea que los separa. Los pequeños detalles y la constante exposición de grandes contrastes: la riquísima pareja Bardem-Diaz con sus grandes fiestas, las joyas, los coches, la ostentación elevada a su máxima potencia versus la pobreza extrema y la violencia de los barrios bajos de las ciudades norteñas mexicanas; Cameron Diaz, excéntrica como la que más, osada, obscena incluso, descarada versus Penelope Cruz, con un toque angelical, inocente, dulce; Fassbender con sus trajes caros, atractivo, macho alfa, seguro, elegante versus Fassbender con mierda acumulada en las uñas, llorando, sudoroso, moqueando; y un largo etc. Genial.

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Para dar fin a esta pequeña radiografía también quiero destacar la abundancia, aparentemente fuera de lugar, de charlas con toque filosófico, los grandes consejos y la exposición de la sabiduría que otorga la experiencia. Son varios los diálogos que nos hablan de la muerte y el dolor. La muerte como algo banal, casi ridículo, y, por extensión, la vida como un juego, frágil, casi en manos del azar. Y el dilema ético-moral. El valor de la propia vida, la vida de los seres queridos, hipotecada por una suma de dinero. ¿Dónde está el límite? ¿Cuánto valen nuestras vidas, por cuanto estamos dispuestos a jugar a la ruleta rusa? ¿Dónde está la línea que separa el bien del mal? ¿Depende acaso de que mis manos se manchen directa y literalmente de sangre? La respuesta, como otras tantas, depende de esa maldita insaciable codicia humana.

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