El lobo feroz

“Echo de menos la época en la que tenía el deseo de experimentar y probar diferentes tipos de películas, echo de menos aquellos tiempos, pero qué le vamos a hacer, se acabó. A medida que te vas haciendo mayor crecen las obligaciones, tienes una familia…”, aseguraba Martin Scorsese el pasado mes de diciembre durante el Festival de cine de Marrakech, donde ejerció como presidente del jurado. Pero el cineasta italoamericano no solo manifestó su nostalgia, sino que también alarmó a la comunidad cinéfila. “Tengo el deseo de hacer muchas películas, pero a partir de ahora…ya tengo 71 años y solo me quedan un par más…si es que puedo hacerlas”, declaró. Con su característico tono calmado, sin sobresaltos ni dramatismo, el genio italoamericano anunciaba una posible y pronta retirada. Estaba cansado.

Sin embargo, su más reciente cinta, El lobo de Wall Street, nominada a cinco premios Oscar incluidas las categorías de mejor película, director y actor protagonista para Leonardo DiCaprio, no parece el trabajo de un hombre fatigado o sin nuevas ideas que ofrecer a los espectadores. Ni en el contenido ni en la forma. Más bien al contrario. Si no fuera porque Scorsese es un nombre conocido para el gran público, se podría pensar que tras las cámaras de la adaptación al cine de las memorias de Jordan Belfort se encuentra un individuo en la plenitud de la vida, en la cumbre de sus capacidades. El director muestra con vigor, intensidad y ritmo vertiginoso el ascenso y caída de un corredor de bolsa dispuesto a cualquier cosa con tal de enriquecerse durante la década de los ochenta y noventa. Si para ello había que saltarse la ley, manipular el mercado de valores, no había problema.

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Por tanto, Scorsese no halla la más mínima dificultad para construir el relato fresco y ágil de un individuo obsesionado con ganar dinero y aumentar su riqueza. Hasta el punto de que la ética, los valores morales y el infrecuente sentido común se olvidan por completo. A cambio, se imponen unos comportamientos excesivos y absurdos que producen risa y, sobre todo, lástima. Por los individuos que los ejecutan, casi siempre bajo el influjo de las drogas y ávidos de sexo, pero, especialmente, por las víctimas de esas conductas, a las que el director parece dirigir su obra en todo momento, pese a que no aparezcan en el filme más allá de una significativa escena en un vagón de metro. Aquellos que le acusan de glorificar las acciones de los protagonistas han pasado por alto ese determinante momento. Scorsese no está fascinado por sus personajes y las vidas que desarrollan en realidades alternativas a las de la clase trabajadora. De hecho, en ningún momento intenta que el espectador empatice con ellos ni con sus yates y helicópteros. Muestra unos personajes desagradables tal y como son, tal y como se comportaron. No en vano, la cinta se basa en las memorias del propio protagonista de la película, no de un escritor deseoso de vender libros con detalles sensacionalistas y amarillistas.

Así, el cineasta lanza una mirada incrédula y no carente de sarcasmo, mientras las personas que se encuentran en la posición de los afectados por los delitos de los protagonistas (aquellos que se ven obligados a trabajar en el McDonald´s, como recuerda un personaje en el filme) contemplan asombrados en la oscuridad de las salas. Del mismo modo que desconciertan las andanzas de Bárcenas, Blesa, Correa o Urdangarín, pero en Estados Unidos. Es decir, a una escala que ese glorioso cuarteto no alcanza a imaginar. América, el país de la libertad y del capitalismo produce delincuentes y corruptos imposibles en otros puntos del planeta.

Afortunadamente, también produce grandes directores capaces de narrar sus andanzas, guionistas como Terence Winter (Boardwalk Empire) dotados para escribir los más ágiles diálogos o montadoras como Thelma Schoonmaker, que estructura tres horas de metraje de forma que el ritmo no decaiga en ningún momento. Cuando los títulos de crédito aparecen en la pantalla, resulta difícil creer que han transcurrido 180 minutos desde el inicio del filme. Schoonmaker no ha dado respiro a la audiencia.

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DiCaprio se divierte

El éxito de El lobo de Wall Street también se sustenta en la generosa labor de unos actores entregados a sus papeles. Leonardo DiCaprio nunca se ha divertido tanto interpretando. Se sumerge en la personalidad de Jordan Belfort y, además, lo pasa bien. Cómico, dramático, ambicioso, asustado, victorioso y derrotado. Son los estados que el intérprete norteamericano recrea en un trabajo que le acerca, siete años después, a un Oscar que todavía se le resiste. ¿La cuarta será la vencida?

Desde luego, su compañero de reparto, Matthew McConaughey (nominado por Dallas Buyers Club) no se lo pondrá nada fácil. Más aún cuando los académicos vean en la cinta de Scorsese su breve pero contundente aparición. Diez minutos en los que el actor devora a todo aquel con el que comparte encuadre, mientras explica el auténtico funcionamiento de Wall Street, con sinceridad y mucho cinismo, sin olvidar la importancia de consumir drogas para soportarlo (en Inside Job ya se vio que las finanzas mundiales se controlan mejor bajo el influjo de sustancias estupefacientes). Tampoco se debe pasar por alto la eficaz labor de Jean Dujardin, Jonah Hill, así como de la recién llegada Margot Robbie. Todos al servicio de unos personajes extremos que resultan creíbles gracias a su labor.

Tan solo cabe esperar que el director de esta orquesta perfectamente afinada continúe regalando cine. Si son más de dos películas, mejor. 

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