De mayor quiero ser Meryl Streep

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La vida es muy larga (para la mayoría, al menos). Así comienza la última película de John Wells, Agosto: Osage County (2013). Una invitación a hacer balance y reflexionar sobre la vida que llevamos y la familia.

Se trata de una mirada relativamente profunda a la historia y la actualidad de la familia Weston. Una crisis familiar hace reunirse en la casa del medio-oeste americano donde crecieron (en las grandes llanuras de Oklahoma) a las tres hijas de Meryl Streep y sus respectivas familias, así como a la hermana de la matriarca y su propia familia. A medida que la película avanza, coge fuerza, y el guión nos sorprende con giros de sentido inesperados, pero muy bienvenidos por parte del espectador.

La temática del filme es, en realidad, la historia de siempre. No esperen sorpresas por este lado. Más o menos, historias similares las hemos visto decenas de veces antes. A mi parecer, quizás lo que haga de esta película merecedora al menos de ser vista es la gran interpretación de su protagonista y la calidad notable del resto del reparto, en el que encontramos también a estrellas de la talla de Julia Roberts, Ewan McGregor, Juliette Lewis, Margo Martindale o la joven Abigail Breslin, entre otros. En la próxima edición de reparto de estatuillas en Holliwood, tanto la gran Streep (mejor actriz) como Roberts (mejor actriz secundaria), han sido nominadas. Espero, sobre todo para la primera, que tenga mejor suerte que en los Globos de Oro y que se lleve a casa uno de los muñequitos dorados.

Como ya he dicho, la actuación de Meryl Streep me resulto simple y llanamente maravillosa. Hace de Violet, madre, esposa y abuela. Drogadicta. Llena de odio, rencor y perfidia. Terriblemente resentida con la vida, acentuado en los últimos tiempos debido a su cáncer. Puede que haya quien diga que la película es una tragicomedia más, con un argumento poco original, pero no creo que nadie pueda poner en duda que Streep transmita la soledad, el miedo, el enfado y la rabia de la vejez y la enfermedad a las mil maravillas (como ya lo hizo anteriormente en La dama de hierro). Esta mujer, me parece una inspiración para todas las féminas del planeta. Que fuerza, que saber hacerse mayor y que elegancia.

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Si he de resaltar dos momentos de la película que seguramente se quedarán conmigo más de las próximas 48 horas, serían: la escena del piano, breve, pero increíblemente enternecedora y la cena familiar. Una cena que se alarga bastante en el tiempo, con mucho dialogo y no pocos toques de auténtico humor (bastante negro). Un acierto por parte de Wells, que consigue que el espectador no se aburra ni se evada un segundo, en una secuencia de escenas que de otra manera hubieran resultado anodinas y monótonas.
Y así llegamos al núcleo de toda la trama. Las complicadísimas relaciones familiares. El rol de los hermanos, mayores y pequeños, y la relación entre estos, los rencores, los trapos sucios y los secretos, la aterradora dificultad de ser madre (o padre). Y también la de ser hija (o hijo). Nos lleva a reflexionar sobre la propia familia y a llegar a la única resolución posible de la situación: no existen las familias perfectas y sin problemas. Aunque nos esforcemos por barrer la mierda bajo la alfombra, esta siempre acabará saliendo. Incluso en las familias normales. Empezando por el hecho de que la normalidad es un término subjetivo e inexistente en la realidad, pues la simple definición varía entre uno y otro individuo.

Por lo tanto, me quedo con ese momento en el que Juliette Lewis, que parecía tonta hasta entonces, le dice a la primogénita algo así como: Las cosas no son ni blancas ni negras, hay una amplia gama de matices grises.

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