Era un día cualquiera, preámbulo de una noche de luna llena, nada en especial para un animal como yo, vamos una llama claro está. Me estuve preparando eternamente durante toda la tarde, para aquella noche, que decidí salir a tomar algo a un lugar extraño.

Llegué a ese lugar extraño, lleno de perros y perras, lobos y lobas. Se podía respirar un malestar general en el ambiente, por lo que oí, parecía ser que los perros y los lobos, se quejaban de que las perras y las lobas iban como zorras. Las lobas y las perras en cambio, no paraban de decir que los lobos y perros iban hechos unos zorros.

La verdad que tanto perreo y zorreo no me agradaba mucho, así que decidí ir a mi aire. Poco duré porque ahí estaba ella, la llama, una llama muy llamativa que enseguida llamó mi atención. Instantáneamente noté que entre nosotros ardió una llama, pobre llama, la quemó otra llama con la llama de su mechero…

No os imagináis el calor que hacía ahí dentro, entre la llama achicharrada y mi bella llama, me entraron unos sudores horribles. Me fui acercando poco a poco hacia ella, pero por mucho que lo intenté no pude acercarme más, porque cuando estaba a pocos metros, que digo metros, decímetros, casi a centímetros de ella, la perdí. Mi amada llama se mezcló con las llamas que corrían entre las llamas, que había provocado la llama quemada por otra llama con la llama de su mechero.

Eso era un caos animal, eso era la jungla, las perras y las lobas no paraban de aullar, en vez de ayudar a los demás, “tú llama, llama a los bomberos para que extingan estas llamas” dijeron las lobas, a lo que las llamas “que se extinga tu puta madre” contestaron. Ninguna llama llamaba a los bomberos y ninguna loba, ni perra, tenía móvil para llamar. Así que no tuvimos otra opción que salir de ese lugar.

Los primeros que consiguieron salir del lugar fueron los más zorros, es decir, los perros y los lobos. Yo salí fuera con todas las demás llamas, me libré por poco de esa catástrofe, por ello no me olvidé de dar las gracias a nuestro dios, al dios de las llamas, el Dalai Llama.

Al fin, vinieron las bomberas gatas, que gato a gato entraron por las gateras y gota-gota, con una manguera de goteo, consiguieron calmar a las llamas, mientras que en la parte de fuera las otras llamas estaban nerviosas, rabiosas, estaban como lobas.

Salieron las bomberas gatas, gato a gato, hasta que todas estuvieron fuera, ¿todas? No, todas no, una de las gatas no consiguió salir, en ese lugar había gato encerrado.

Fue entonces cuando leí el letrero de aquel lugar, o bar, tal y como los demás animales lo llaman. “La llama ardiente”, por un momento lo vi todo muy claro, y muy oscuro también. Pero a mi querida llama, a mi bellísima amada llama, ya jamás la volví a ver. Me fui triste, en mi moto, una Yamaha por supuesto, porque ya sabéis lo que dicen, una llama nunca llama dos veces a la misma puerta.

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