Lejos quedan los tiempos de las grandes cintas épicas basadas en relatos bíblicos como Los diez mandamientos o La historia más grande jamás contada. Bastarían los dedos de una mano para contar las adaptaciones de textos religiosos estrenadas durante los últimos años en las salas de nuestro país. Quizá las historias corrían el riesgo de caer en el ridículo, de resultar inverosímiles para el público actual con independencia de su confesión religiosa. ¿Demasiada magia? Era necesario alejarse de las fuentes originales y buscar en las narraciones vínculos con el mundo actual. Es precisamente lo que Darren Aronofsky ha hecho con gran acierto en su última película, Noé, un blockbuster atípico en el que logra el equilibrio perfecto entre la acción y el desarrollo de personajes, lo cual le permite construir un entretenimiento digno y muy competente.

Así, este nuevo Noé, interpretado por Russell Crowe, poco tiene que ver con el hombre anciano y bonachón de largas barbas blancas. Él y su familia sobreviven en un mundo cuyos recursos están prácticamente agotados y en el que la especie humana camina hacia la extinción. Mientras los descendientes de Caín imponen la violencia allá por donde pasan y no dudan en practicar el canibalismo, el célebre profeta y su entorno tratan de salir adelante de forma honrada. Las referencias a La carretera (película de John Hillcoat, novela de Cormac McCarthy) son tan evidentes como sorprendentes en un cine con vocación comercial. El ecologista Noé no come carne ni arranca flores de la tierra. Aunque estas y otras alusiones al cuidado del medio ambiente puedan resultar demasiado obvias y trazadas con una brocha excesivamente gruesa, se agradece que las grandes producciones de Hollywood tengan de vez en cuando el valor para exponer realidades más cercanas que el simple espectáculo pirotécnico. Aunque solo sea de perfil y sin detenerse demasiado.

Lo mismo se puede decir de las numerosas menciones a un nuevo comienzo. En un momento de crisis económica, política y social global, plagado de escepticismo, así como del convencimiento de que se aproxima el fin de una época, el ser humano se pregunta por su futuro. El Noé de Darren Aronofsky también. De nuevo, se trata de referencias limitadas y esparcidas de forma muy discreta por el metraje, pero que, sin duda, resultan pertinentes. Después de todo, es muy probable que el espectador medio, el que mantiene viva la industria cinematográfica de Estados Unidos, no sea tan ignorante como los ejecutivos de los grandes estudios piensan, a juzgar por las superproducciones que han estrenado en los últimos años.   

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Por supuesto, la seguridad de que el ser humano asiste al final de una época también tiene su reflejo en los personajes, sobre todo, en el caso de Noé. El profeta aparece como un individuo imperfecto, repleto de dudas. Sus decisiones, incluso provocan el rechazo de su familia y lo llegan a convertir en un ser aislado e incomprendido. La transmisión de todos estos matices no parece una tarea compleja para Russell Crowe que, a pesar de elecciones dudosas en los últimos años, construye otro gran personaje. ¿Será tan memorable como el gladiador Máximo? El tiempo dirá. Pero la complejidad no se limita al protagonista. Aronofsky dedica la primera hora de metraje a la presentación de unos individuos cuyos caracteres, por momentos, con claras reminiscencias shakesperianas, evolucionan durante toda la película. Encontramos al primogénito decidido (Douglas Booth), al hijo pequeño y resentido (Logan Lerman), al antagonista con ansias de poder (Ray Winstone) o a la esposa comprensiva (Jennifer Connelly). Todos correctos y con las respectivas escenas diseñadas para su lucimiento. El eslabón débil es Emma Watson como Ila, forzada y poco creíble. Sin embargo, esta última pobre interpretación no impide plantear dilemas morales pocas veces vistos en el cine orientado al gran público. Los protagonistas de Noé son personas y no figuras de acción en medio de una tormenta. Por tanto, surgen conflictos entre ellos y se formulan preguntas. ¿Por qué solo determinados individuos merecen sobrevivir? ¿Cuál es la diferencia entre el bien y el mal? Y ese mal, ¿es innato o surge si se crean las condiciones propicias? Las cuestiones se esbozan en distintos pasajes del filme con mucha discreción.

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¿Un Noé machista?

Por otro lado, y como es habitual en el cine de Aronofsky, las imágenes se caracterizan por su fuerza y capacidad sugestiva. Especialmente poderosas resultan la apertura de la cinta, el diluvio universal o la reproducción de la creación a mitad del metraje, con claros ecos de El árbol de la vida. Por supuesto, los notables efectos visuales, que nunca ahogan las escenas en las que se emplean, fortalecen los fotogramas. Lo mismo se puede decir de la música compuesta por Clint Mansell, encargada de aportar dramatismo sin caer en el subrayado.

No obstante, Noé tiene un importante defecto, habitual en los textos bíblicos, pero susceptible de recibir tratamiento en la actualidad. Y ese es el machismo que aparece más veces de las deseables a lo largo de la película. “Castígame a mí” ruega Jennifer Connelly a Russell Crowe en un determinado momento, como si ella fuera responsable del mal que acontece. Si la intención era actualizar el mito, no debería haber olvidado la importancia de reflejar la igualdad de género, un reto todavía pendiente y al que Noé no contribuye.

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