Fin de trayecto en la India

La tercera edad está de moda en el cine. Durante los últimos años, las películas centradas en personas que superan los sesenta años han llegado a las salas de manos de directores con estilos tan diferentes como Michael Haneke (Amour), Alexander Payne (Nebraska), Stephen Frears (Philomena) o John Madden (El exótico hotel Marigold). El propio cine español también ha cedido espacio a los mayores en Arrugas, de Ignacio Ferreras, y en La vida empieza hoy, de Laura Mañá. Quizá tanto realizadores como productores se han percatado de que, más allá de los adolescentes, hay otro importante segmento de población dispuesto a llenar las salas de exhibición. Tienen tiempo y, en  muchos casos (cada vez menos), ingresos garantizados que les permiten gastar en cultura. Por tanto, no sorprende que a las cintas enumeradas se una ahora el debut del documentalista Chema Rodríguez en la ficción, Anochece en la India.

Reconocida en el último festival de de Málaga con los premios al mejor actor (Juan Diego) y mejor montaje, narra la historia de Ricardo, un anciano que, en sus años mozos y hippies, transportaba miembros del movimiento contracultural por excelencia a la India. Ahora, postrado en una silla de ruedas a consecuencia de una enfermedad degenerativa, decide realizar un último viaje al país asiático.

Ya la sinopsis sugiere una gran exhibición de las cualidades interpretativas de Juan Diego. Y la insinuación es acertada. Si Anochece en la India tiene una virtud, es el trabajo del actor sevillano. Por un lado, se encuentra el reto físico: transmitir los efectos de la dolencia sin caer en la exageración o la simplicidad no parece tener complicación alguna para él. Pero, aún más importante que el desafío corporal es el psicológico. Juan Diego llena de matices y profundidad un personaje amargado, solitario y muy injusto con los individuos de su entorno que, sin embargo, genera empatía en el espectador. ¿Un entrañable abuelo gruñón? No obstante, el actor cae en un terrible error, muy extendido en los actores españoles jóvenes y de mediana edad, pero imperdonable en un intérprete de su talla y trayectoria: la mala vocalización. Y es que durante todo el metraje, y muy especialmente en los primeros minutos, es necesario realizar un esfuerzo excesivo para comprender las palabras que pronuncia Ricardo. Quizá el sevillano pretendía mostrar en la voz los estragos de la enfermedad, pero, ¿de qué sirve hacerlo si no entendemos al actor?    

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De todas formas, Juan Diego logra mantener el interés en una historia poco definida que pierde fuelle a medida que pasan los minutos. La primera mitad de la cinta presenta con acierto, en un tono tragicómico, al personaje y sus circunstancias, incluida una cuidadora rumana a la que desprecia (correcta Clara Voda). El libreto prepara el viaje externo e interno que vertebra la película. Sin embargo, alcanzada la mitad de la cinta, Chema Rodríguez, que también ejerce como guionista, se olvida de continuar ese trayecto y de darle una conclusión satisfactoria. Así, cuando se acerca el final, el filme cambia de tono y se diluye en el sentimentalismo más hueco e innecesario para plantear una tópica relación amorosa. Si en el planteamiento y el nudo se seguía a Ricardo casi en exclusiva, el desenlace se centra en Dana, la cuidadora rumana, cuyo desarrollo es mínimo durante los dos primeros tercios de la película. Por tanto, el sentimiento de frustración se impone al terminar la proyección. Se presenta como protagonista a un individuo cuyo principal conflicto no termina de resolverse; queda suspendido en el aire. A cambio, se profundiza en un rol secundario, de mero apoyo durante la mayor parte de la cinta, que no plantea una situación potente y alternativa al dilema principal. Todo queda a medio gas. Tampoco se entiende la presencia de los personajes interpretados por Javier Pereira y por la sueca Linda Molin, demasiado episódicos y totalmente prescindibles para contar la historia de Ricardo.

En cuanto al montaje y fotografía de Anochece en la India, conviene destacar el estilo sencillo y realista claramente heredado del cine documental. El origen del director se aprecia en una película que prometía mucho más de lo que finalmente da.

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