¿Solo flores?

Es probable que gran parte del público reaccione con desconfianza ante el sintagma ‘cine vasco’, convencida de que designa películas producidas gracias a las subvenciones concedidas en función de la afinidad política y no tanto del potencial artístico del proyecto. Sin embargo, Loreak, de los realizadores José Mari Goenaga y Jon Garaño, es una buena oportunidad para echar por tierra esos prejuicios y demostrar que la calidad de un filme no responde en absoluto a su origen geográfico ni al de los apoyos recibidos durante la preproducción, el rodaje, la posproducción o la distribución, sino al empeño y saber hacer de los cineastas que han trabajado en ella, tanto directores como actores, guionistas, editores, directores de fotografía o compositores.

La primera película filmada en euskera que ha competido por la Concha de Oro en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián presenta la historia de Ane (Nagore Aramburu), una mujer de mediana edad que comienza a recibir ramos de flores cada semana sin ningún remitente o mensaje que indique el motivo del envío. Este gesto, en apariencia insignificante, involucrará a otras dos mujeres, Tere (Itziar Aizpuru) y Lourdes (Itziar Ituño) y, en los tres casos, les ayudará a salir de una rutina en la que hace tiempo se instalaron con indiferencia, así como a sobrellevar la pérdida de los seres queridos, del tiempo, del contacto con las personas más cercanas, de la vida.

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Garaño y Goenaga cuentan esta pequeña gran historia con un envidiable pulso narrativo, a fuego lento, desvelando progresivamente la complejidad de un relato lleno de capas con una puesta en escena sobria y sencilla, con escasos artificios más allá de una cuidada fotografía, un discreto montaje y una banda sonora con predominio del piano que acentúa las imágenes sin llegar a subrayarlas.

Y es que los subrayados están de más cuando se cuenta con un guion tan preciso y un trío protagonista de la categoría de Nagore Aramburu, Itziar Aizpuru e Itziar Ituño. Con una naturalidad absoluta dan vida a tres mujeres hastiadas, asustadas, quizá perdidas, y sin grandes aspiraciones vitales a las que varios ramos de flores obligan a replantear sus existencias y, en algunos casos, ayudan a salir de la burbuja en la que habían quedado encerradas.

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A pesar de los puntos en común, cada personaje tiene unos rasgos muy definidos que las intérpretes transmiten con gestos, miradas y silencios. En esta película, las palabras dicen mucho menos que el lenguaje no verbal. La procesión va por dentro. Como ocurría en Las horas (2002), de Stephen Daldry, que también se centraba en los conflictos internos y cotidianos de tres mujeres; como sucedía en el mejor cine de Kim Ki-duk y en la excelente Poesía (2010), de Lee Chang-dong.  Por tanto, las etiquetas más localistas se quedan cortas a la hora de debatir sobre una cinta en la que José Mari Goenaga y Jon Garaño hablan con sensibilidad y tacto sobre sentimientos universales y personajes con quienes resulta fácil identificarse. Después de todo, no son solo flores.  

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