Cómo empezó el viaje ya fue una locura. ¿Nunca os ha pasado que un día os levantáis un poco más tarde de lo normal, a las 12 del mediodía para ser más exactos, por lo que sea se os ha cruzado un cable mientras dormíais y decidís hacer un viaje de seis días, solos, sin ningún tipo de compañía y sin saber muy bien cómo ni cuál es el lugar al que vais a ir, aunque la gente ya os ha dicho que ese lugar es hermoso, pero no os fiáis mucho, porque últimamente a la gente le gusta cualquier cosa, además por si todo esto fuera poco, decidís ir a dormir a casa de dos desconocidos dejándoos llevar por cuatro cosas que leísteis en una web y por una foto de perfil?

¿Nunca habéis tenido una mañana tonta? Bueno pues tenéis que probarlo. Al principio pensé en ir a Austria, a Salzburgo y Viena, las ciudades de Mozart y su música. Pero por “H” o por “B”, y dentro de lo loco que era este viaje, de lo Kafkiano que era, tuve que cambiar de destino a ultimísima hora. ¿He dicho Kafkiano? Kafkiano de Kafka, y de eso va este artículo no de Kafka sino de Praga y  su kafkianismo.

Una vez seguro de que tendría sitio donde quedarme a dormir al menos durante tres noches, cogí los billetes de autobús y emprendí la aventura. El bus salía a la mañana siguiente desde Mannheim (por si alguno o alguna no se ha enterado todavía porque seguramente no haya leído mi anterior artículo, estoy de Erasmus en Alemania). Tenía poco tiempo para preparar la maleta, así que cogí la mochila que uso para ir a la universidad, metí cuatro cosas en ella y partí hacía Praga. En ese momento tenía una sensación de alegría, locura, ansiedad, miedo, suspense… Vale, corrijo, en ese momento tenía varias sensaciones, muchas buenas y alguna mala.

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Una de las calles del centro de Praga. Fuente: Transeunte Trashumante.

Siete horas, 4 siestas, 40 páginas de un libro que no me acababa de convencer, dos litros de agua y 3 visitas al baño después, llegué por fin a la capital de la República Checa. Y ahí me esperaba en la estación de buses, sonriente, mi primer amigo desconocido que iba a conocer en ese viaje, Daniel ( léase en Australiano “Dániel”, no “Daniél”), un australiano de 26 años, suficientes para haber tenido la oportunidad de vivir en muchas ciudades europeas y haber viajado por medio mundo. Ahí es cuando pensé sobre por qué yo no había viajado tanto, de hecho vuelvo a pensarlo ahora otra vez, ¿por qué estoy en una silla incomoda en una habitación espaciosa, escribiendo esto y no en un asiento incómodo de un avión o un autobús rumbo a cualquier lugar del mundo? Supongo que me faltará valentía y confianza para levantarme, dar un paso hacia delante coger la mochila e irme, así que seguiré escribiendo.

Pero retomemos el hilo. Una vez en casa me presentó a su novia Manda, australiana también, los dos hablaban un inglés muy australiano. Dan y Manda no solo fueron muy hospitalarios y  locamente amables conmigo, sino que además me invitaron a unirme a su grupo de amigos cuando quedaban para tomar algo. El grupo de amigos estaba compuesto por gente australiana, estadounidense, canadiense, escocesa, todos estaban en Praga enseñando inglés a niños. Durante esas dos noche que quedé con ese grupo de amigos pude escuchar todo tipo de acentos, fue un curso auditivo intensivo. Aunque en un principio iba sin conocer a nadie, en ningún momento estuve realmente solo en la ciudad, siempre tenía a alguien con quien hablar, y si no lo tenía, lo buscaba. Ahí es cuando conocí a un argentino de La Platade unos 39 años. Él se quedaba en Praga para dos días antes de seguir por su ruta europea hacía España e Italia y como los dos estábamos solos pues nos hicimos compañía viajera.

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Old Town Square. Fuente: Universal Places

En la mañana en el que conocí al argentino, al igual que cuando he ido a otras muchas ciudades, lo primero que hice fue coger el free tour que ofrecen en castellano por la ciudad. La verdad que fue bastante interesante primero para situarme en la ciudad, y luego para tener datos históricos de la ciudad, tener conciencia de lo que pasó en Praga y para saber cómo viven en la República Checa. Uno de los datos que más me llamó la atención fue saber que la República Checa solo tiene un 7% de paro. Me sorprendió porque es verdad que al tener una moneda (Corona Checa) más baratas y por mi ignorancia total sobre el país, antes de ir pensé que era un país poco avanzado, con una situación económica no muy buena. Pero es todo lo contrario, hay poca gente en paro y tiene una gran actividad económica además recibe mucho turistas todos los años. Aunque los checos puedan vivir con su trabajo en una situación económica bastante cómoda, es verdad que el salario medio del país ronda los 1000€/mes, pero bueno yo durante esos días que estuve no veía más que gente comprando en grandes centros comerciales como en una ciudad cualquiera Europea y no todos eran turistas.

El guía del free tour, al que le debo una cerveza, nos explicó también cómo era el carácter de los checos. Nos dijo que normalmente eran bastante fríos y cerrados, con la gente desconocida pero que una vez te conocían se abrían mucho y eran muy simpáticos y divertidos. Hubo una señora muy maja que dijo “Ah bueno entonces son como los vascos”, claro en esos momentos uno se siente aludido y atacado gratuitamente, así que uno mantiene una pequeña discusión con esa señora, la que acaba diciendo: “Pero eso sí el País Vasco es precioso, da gusto lo bien cuidado que lo tenéis todo”, en ese momento uno se siente halagado, a lo que uno le responde a la señora: “Tampoco es para tanto, tendrías que ver mi habitación”. Pero voy a dejar de barrer para casa,  y será mejor seguir hablando de los checos.

Los checos y checas son curiosos de analizar, son una mezcla eslava y germánica y, físicamente hablando,  llaman la atención tanto para mal como para bien, tienen unos rasgos bastante extraños. Han sufrido mucho durante la historia, al estar en el centro de Europa han sido invadidos constantemente, y cada vez que les invadían les cambiaban de religión, una de las consecuencias de ese cambio constante de religión es que un de las principales iglesias de la ciudad nació para ser una iglesia protestante y hoy en día es una iglesia para el culto católico. Pero la consecuencia principal de todo ese sufrimiento histórico religioso es que más del 80% de la población es atea, cifra a la que no se acerca ningún país de su alrededor. Son fríos pero les encanta el humor, se ríen cosa que, al igual que me pasó con Alemania, pensaba que era imposible. Además, son de los míos ya que su tipo de humor favorito es el humor negro, extraña viéndoles a ellos con esa piel blanca vampírica.

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El puente de Carlos. Fuente: La Capital.

Todos estos datos no los he mirado en la Wikipedia, tampoco me los he inventado, todo esto me lo contó Patrik, el chico checo con el que pasé mis últimos tres días y dos noches, porque aunque estaba muy agusto y muy calentito en casa de los australiano no quería ser un ocupa de su amabilidad. Por eso el fin de semana me mudé a casa de este chico. Muy checo él, alto, rubio, ojos claros, delgado, trabajador, simpático y además sabía hablar un poco de castellano con un acento muy gracioso. Además un chico muy trabajador, a sus veinte años de edad vivía fuera de casa de sus padres, en un piso bastante viejo por fuera, pero muy europeo y acogedor por dentro. Todo esto lo pagaba trabajando en el Zara, a la vez que estudiaba Administración y Dirección de Empresas. Y además le sobraba tiempo para prepararme varios platos típicos checos cuyos nombre no me acuerdo en este momento. Además, me enseñó las palabras comunes como “AHOJ” que quiere decir “hola” y  palabras checas impronunciables casi hasta para él.

Lo siento me he desviado otra vez del tema que nos ocupa, y que hoy nos ha reunido aquí, Praga. No es una ciudad para ver monumentos, museos, edificios, torres, puentes… Tenemos una obsesión turística de ver, ver, ver, ver, ver cosas, muchas cosas, no parar de ver, y nos hace falta sentir, vivir el lugar. Por eso en este artículo no mencionaré ninguna atracción turística, esto lo dejaré que lo descubráis vosotros mismos cuando viajéis a la ciudad.  Lo que si que os puedo decir es que Praga es una ciudad para bucear en su ambiente, para ir a sus parques, para pararse durante diez minutos y prestar tu atención a ese músico callejero que tanto alegra sus calles, ya han pasado un par de semanas desde entonces pero aún me acuerdo cómo sonaban The Scientist de Coldplay, Imagine de John Lennon, Nothing Else Matters de Metallica o My Hearth Will Go On de Celine Dion de la mano de un pianista americano, tapado con el gorro de su sudadera y con esos guantes con los dedos al aire. Porque Praga es frío, pero Praga es magia también, Praga es Bohemia, valga la redundancia.

Hay sumergirse en sus calles, cruzar sus puentes, caminar en sus parques, orinar en los arboles del parque con un poco de disimulo, ya que como en la mayoría de las ciudades europeas cada vez que quería ir al baño había que pagar, y no sé si por el placer de tener que pagar tenía siempre ganas de ir al baño. Hay que disfrutar de ese ambiente que aún se conserva de cuando Praga era la capital de los Alquimistas, hay que probar las cervezas checas que son muy buenas y además muy baratas (una jarra de medio litro cuesta menos de un euro, eso sí hay que saber dónde pedirla ya que en la zona turística los precios son mucho más altos barrios de alrededor). En Praga hay que olvidarse de comprar souvernirs  y caminar, caminar mucho, sin prisa, da igual que vayas para dos días, que tres, que cinco es una ciudad bastante pequeña para ser una capital y te da tiempo para ver lo más importante sin tener que pegarte madrugones, eso sí  hay que tener en cuenta que en invierno se hace de noche para las cinco de la tarde y no se ven las cosas con tanta claridad como de día. Aunque al llegar la noche Praga parece otra y es todavía más bonita.

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Los puentes sobre el río Moldava. Fuente: ojodigital.

Para acabar de convenceros y vayáis a lo visitéis, os contaré una curiosa anécdota histórica para que veáis el encanto que tiene la ciudad. Praga se libró de ser bombardeada por los Nazis en la Segunda Guerra Mundial, ¿por qué? Porque consiguió seducir, y llevarse a la cama diría yo también, a Hitler. Él estaba encantado con la ciudad, destruyó todo su país, sí pero dejó esta preciosidad de ciudad en pie. Según dicen quería “jubilarse” (lo pongo entre comillas porque no sé si jubilarse es una palabra adecuada para un dictador) en Praga. No solo no destruyó la ciudad sino que además prohibió que los Nazis quemaran el barrio judío, para los que en este momento empezáis a sentir algo de amor hacia este señor os diré que sus razones tenía, quería que el barrio judío de Praga fuera un museo gigante de una raza extinguida.

Por una cosa o por otra Praga se libró del tsunami Nazi y gracias a eso hoy podemos disfrutar de unas de las ciudades europeas que mejor conservan su época medieval.

PRESUPUESTO:

29€ ida (Mannheim-Praga directo un miércoles).

29€ vuelta (Praga-Núremberg-Mannheim)

0€ alojamiento (5 noches)

50€ para comer, viajar en transporte público, comprar souvenirs y beber cerveza.

En total: muy barato (Calculad vosotros, soy de letras)

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