Funerales solitarios

El sentimiento es universal. Son muy pocos los seres humanos que no se plantean en algún momento de sus vidas qué ocurrirá tras la muerte y si serán recordados por sus familiares y amistades. Llegado el caso, es posible que incluso se pregunten si alguien estará interesado en acudir a sus funerales. De hecho, no son pocos los que fallecen olvidados por todas las personas de su entorno. La muerte en soledad, esa temible y temida idea, y la soledad en sí misma, constituyen la columna vertebral de Nunca es demasiado tarde, el segundo largometraje del director italiano Uberto Pasolini que ahora llega a las salas españolas.

Ganadora del premio al mejor director en la sección Horizontes del Festival de Venecia del año 2013, la cinta presenta la historia de un funcionario (Eddie Marsan) encargado de encontrar a los parientes y amistades de las personas que han fallecido sin compañía y de preparar el ritual de despedida. A pesar de introducir el tema mediante esta curiosa y desconocida ocupación, el cineasta pronto evidencia su decisión de hablar sobre la soledad y la muerte de un modo bastante convencional, tanto en la forma como en el contenido. Sin embargo, no por ese motivo Nunca es demasiado tarde deja de ser una experiencia satisfactoria, aunque no memorable, que además conduce al espectador a preguntarse si él llegará al fin de la vida sin compañía, si actuará para remediarlo o si, finalmente, la indiferencia o el hastío le vencerán.

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Pasolini imprime un ritmo pausado, pero constante a la narración, que permite conocer la naturaleza del personaje principal y empatizar con él, a pesar de que no se proporcione casi ningún dato sobre su pasado ni sobre las circunstancias que le han conducido a encerrarse en una burbuja. No obstante, hay momentos en los cuales el director parece más interesado en generar pena y compasión entre el público por el vacío vital del protagonista que en conmoverlo. Son las frágiles fronteras entre el sentimentalismo y el drama intimista. Traspasarlas resulta demasiado fácil. 

De todas formas, frente a la lástima ocasional se impone la interpretación de un impoluto Eddie Marsan, que parece haber nacido para interpretar el papel de un hombre aislado, en apariencia satisfecho con su soledad. Al actor británico apenas le hace falta cambiar la expresión del rostro para hacer creíble e interesante a un individuo que en la vida real pasaría totalmente desapercibido. Su actuación, tan contenida y llena de matices, consigue que el espectador se tome en serio incluso sus intentos por romper con la soledad en la que lleva inmerso desde hace años.

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Por último, se debe destacar el acertado desenlace de la cinta. Sin revelar ningún detalle de la trama, es posible explicar que, si bien en un primer momento la conclusión de Nunca es demasiado tarde puede parecer un tanto efectista y hasta previsible, pasados unos minutos resulta evidente la coherencia del cierre con el conjunto del metraje.

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