Ya desde la década de los 80, la disciplina de la Museología encontró una forma alternativa de explotar las capacidades expositivas de un museo. Si anteriormente las entidades museológicas ideaban sus exposiciones estableciendo una relación unidireccional entre el objeto y el público, donde este último contemplaba pasivamente las facultades del primero, hoy día se defiende la participación del espectador en la muestra. Superando el dogma de la contemplación pasiva que aún se preserva con fuerza en muchos sectores, se propone el papel activo del visitante, convirtiendo de este modo el museo en espacio de trabajo dual, a saber, tanto del artista como del espectador.

A día de hoy, una de las exposiciones que mejor cumple con el requisito de la recién explicada Nueva Museología es la república del artista vitoriano Juan Luis Moraza, activa en el Museo Nacional Centro de Reina Sofía de Madrid desde el pasado 15 de octubre hasta el 2 de marzo de 2015. Ya advierte el dossier de prensa del propio museo con respecto a la muestra que “la pasividad del espectador va a ser permanentemente cuestionada, siendo invitado a participar en él”. Este artista, que también combina su labor creativa con la docencia en la Universidad de Vigo (doctor por la Facultad de Bellas Artes de la UPV/EHU) y como escritor, es rotundo al afirmar que no concibe una obra sin tener en cuenta al público, pues es este quien la completa y la afirma. En cualquier caso, no se trata solamente de participar dinámicamente con los objetos propuestos por el autor (más tarde daremos cuenta de ellos), sino también (y mayormente) de intervenir intelectualmente con los mismos. Una de las características que definen la trayectoria artística de Moraza es la densa carga teórica que acompaña su producción. Como un Oteiza se tratara, el artista excede el carácter estrictamente formal de sus objetos para teorizar acerca de las pesquisas y divagaciones que lo propiciaron. En la entrevista que Carmen Gallano hizo al artista, este dice: “Desde Leonardo da Vinci hasta Joseph Kosuth, los artistas siempre han estado en el borde del saber de su época y no han renunciado a expresarse por medios no objetuales: poemas, ensayos, tratados didácticos…”. Es, pues, a través de la intelectualización de sus objetos donde se acciona la posición activa del espectador, ya que es este quien tendrá que solventar los enigmas y los planteamientos crípticos que remiten las obras, si bien es cierto que el artista aporta algunas (pocas) pistas. Incluso el léxico que emplea el autor para titular sus obras está plagado de condensaciones significativas muy complicadas (a veces hasta divertidas), en plena sintonía con su efervescencia y ebullición de ideas.

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Fuente: MUSEO REINA SOFÍA

En este sentido, la participación del espectador se convierte en requisito intrínseco de la exposición desde el título de la misma. De igual forma que una República se entiende como una forma de gobierno gestada desde la participación directa de los ciudadanos, la exposición de Moraza se concibe como una república-museo donde son los visitantes quienes se sienten en la obligación de participar en él cual ciudadanos se trataran. De hecho, propone tanto su propia bandera, un negativo cromático de la de la república española, como una urna de votación y formularios de sondeos sobre los tributos que pagan los ciudadanos, ambos entendiéndose como ejemplos de la participación dinámica -menos intelectual- del que dábamos cuenta anteriormente.

En lo que se refiere a las obras expuestas, al margen de lo dicho, la muestra reúne una selección de sus creaciones desde 1974 hasta la actualidad, organizadas a través de un discurso pensado tanto por el artista como por el comisario de la exposición (y también subdirector del Museo Reina Sofía), el portugués João Fernandes. El mapa conceptual por el que se vertebran las obras se desarrolla en torno a la semiótica al más puro estilo magrittiano, a saber, en torno a la noción de la representatividad y la «represencialidad», concepto último inventado por el artista.

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La obra que mejor muestra el juego de la representatividad y la “represencialidad” acaso sea esta, la cual nos remite indudablemente a Magritte. Fuente: MUSEO REINA SOFÍA

Quien se pregunte por la relación existente entre el título genérico de república y las nociones de la representación que tanto interesan a nuestro autor, no se debe frustrar por no hallar rápidamente la respuesta, pues no es una tarea sencilla. En la conversación que Moraza mantiene con Fernandes señala lo siguiente: “Cuando comenzamos a pensar la exposición, el título república convenía tanto a cierto modo personal de hacer y sentir el arte, como a la posibilidad de mostrar un conjunto de obras que no participan de una homogeneidad ni material, ni técnica, ni estilística, ni temática …”.

Del mismo modo que las interpretaciones del Quousque tandem…! de Oteiza son muy variadas debido a las explicaciones laxas y extremadamente excelsas que utilizó el difunto artista guipuzcoano, algo similar sucede con Moraza. De lo recogido, lo que interpreta un servidor es que bajo este sistema político que presenta como característica principal la permisividad de una heterogeneidad de ideas (en contraposición con la rigidez de otros regímenes, como la dictadura) se han podido amalgamar una serie de productos realizados a lo largo de su trayectoria vital que si bien anteriormente difícilmente hallaban una conexión, ahora, bajo ese cajón permisivo, se han podido exponer en un mismo espacio.

En definitiva, se trata de una muestra con un contenido ideológico eminentemente elevado que puede provocar en el espectador común un rechazo por no tener las claves necesarias para desentrañar las pesquisas crípticas de la muestra. Mediante el presente artículo no se ha hecho más que aproximar al lector a ciertas nociones conceptuales que le permitan sentirse más cómodo en el caso de querer visitar la muestra, si bien es cierto que se han dejado en el tintero (por falta de espacio y, honestamente, por no comprender del todo el resto de las divagaciones del autor) muchos aspectos igual de importantes. En cualquier caso, no puedo desaprovechar la oportunidad de recordar (o enseñar) que es la labor de los historiadores del arte masticar los ámbitos más complicados del arte con el fin de convertir comprensible una manifestación artística que formalmente no lo es. Del mismo modo que un medievalista indagará en diferentes aspectos del mundo medieval para proponer una lectura válida de una obra de su tiempo y acercarla a la sociedad actual, un profesional dedicado al arte contemporáneo debe acometer la misma tarea. Esta ha sido mi contribución como futuro profesional en el sector.

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Fuente: MUSEO REINA SOFÍA

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