Nuevas tecnologías sin inspiración

Les sucede a muchos artistas, músicos, escritores y, por supuesto, cineastas. De repente, la inspiración desaparece. Son directores que han demostrado durante años su maestría para realizar grandes películas, en algunos casos, incluso obras maestras. Francis Ford Coppola, Clint Eastwood, Stephen Daldry, M. Night Shyamalan o Billy Wilder son algunos de los realizadores que perdieron en cierto momento de sus carreras el buen pulso para firmar películas. En contados casos, consiguieron reencontrarse con la genialidad. En otros tantos, se diluyeron en la irrelevancia.

Tras sus dos últimos trabajos, no hay duda de que Jason Reitman también debe ser incluido en esa lista. La deriva hacia el sentimentalismo más previsible y superficial de Una vida en tres días y Hombres, mujeres y niños (estreno en cines el 12 de diciembre) nada tiene que ver con el humor negro, ácido y sarcástico de sus obras anteriores, en especial, de Up in The Air y Young Adult.

Lo cierto es que su nueva película, basada en la novela homónima de Chad Kultgen, tiene un inicio prometedor que recupera la mordacidad de sus mejores filmes para construir un discurso muy crítico sobre las consecuencias de Internet y las nuevas tecnologías en la convivencia familiar y las relaciones de pareja. Pero solo se trata de un espejismo. Pasada la primera media hora, Reitman deja de lado el tono descreído y se zambulle en el drama sentimental más afectado y grave. Al hacerlo, también parece suspender, en gran medida, la reflexión sobre el papel de las redes y los móviles en la vida cotidiana. De forma repentina, el director olvida pronunciar su discurso y se limita a desarrollar historias ya vistas con anterioridad en dramas románticos.

Por tanto, como sucedía con Una vida en tres días, nos encontramos ante una cinta vacía, plagada de tópicos y que nada aporta al debate sobre el progresivo aislamiento del ser humano provocado por la expansión del mundo virtual ni a su representación en el séptimo arte.

MEN, WOMEN, AND CHILDREN

Tampoco resulta novedosa la decisión de interconectar varias historias en apariencia independientes, aunque la estructura pueda funcionar como metáfora del papel de las nuevas tecnologías: tremendamente conectados, tremendamente aislados. Pero, la unión de historias protagonizadas por distintos personajes con relaciones familiares, laborales o de amistad ya se vio hace veinte años en Vidas cruzadas y se ha eliminado el factor sorpresa tras su abuso en varias cintas de Alejandro González Iñárritu, así como en la oscarizada Crash.

Si Hombres, mujeres y niños consigue mantener la atención del espectador es, principalmente, por el buen hacer de sus actores, sobre todo, de los miembros más jóvenes del reparto. Kaitlyn Dever (Las vidas de Grace), Ansel Elgort (Bajo la misma estrella) y Elena Kampouris (Una vida en tres días) transmiten con naturalidad las incertidumbres de la adolescencia. Por su parte, Jennifer Garner como una madre controladora y obsesiva dota de cierta profundidad a un personaje con escasas aristas, mientras que la buena dicción de Emma Thompson como narradora se pone al servicio de unas imágenes espaciales y un texto pretenciosos y forzados. En cuanto a Adam Sandler, con una interpretación tan rutinaria y desganada como la propia película, parece aburrirse con su trabajo.

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