Teatro (mal) filmado

Los caminos paralelos del cine y el teatro se han cruzado con frecuencia. En ocasiones, el resultado del encuentro ha sido muy satisfactorio, como demuestran Un tranvía llamado Deseo (1951, Elia Kazan), ¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966, Mike Nichols) o, más recientemente, los casos de Agosto (2013, John Wells) y Los secretos del corazón (2010, John Cameron Mitchell). Otras veces, el producto final ha sido tan desafortunado como Nine (2009, Rob Marshall). En este segundo grupo se debería incluir la versión de La señorita Julia dirigida por Liv Ullmann, con Jessica Chastain y Colin Farrell como protagonistas, que ahora llega a las salas españolas.

En 1888, August Strindberg estrenaba una pieza teatral sobre una joven noble, Julia, y el criado de su padre, Jean, que, durante la Noche de San Juan y ante la no siempre atenta mirada de la novia del segundo, ponían en marcha un juego de seducción y manipulación de consecuencias imprevisibles. Con el paso del tiempo, la obra se convirtió en un clásico de los escenarios y en uno de los trabajos más valorados del dramaturgo sueco.

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Sin embargo, los textos que funcionan a la perfección sobre un escenario no siempre se comportan del mismo modo cuando los registra una cámara cinematográfica. Como se trata de disciplinas diferentes, es necesario un proceso previo de adaptación en el que el lenguaje teatral se acerque, en mayor o menor medida, al del séptimo arte. Pero Liv Ullmann parece haber confiado de forma casi ciega en la calidad de los diálogos escritos por Strindberg para rodar su película y apenas ha realizado modificaciones en la puesta en escena o el desarrollo de la acción.

En consecuencia, el espectador asiste a un espectáculo plúmbeo en el que el significado del excelente diálogo es anulado por el exceso de palabra y la escasez de acción. Tanta fidelidad termina por traicionar a la fuente original. Los personajes, en la mayoría de las ocasiones sentados, a veces de pie, se miran y conversan en interacciones totalmente estáticas. En definitiva, se atenta contra la esencia del cine, la imagen en movimiento.

Desde luego, una edición tan convencional que se limita al plano-contraplano tampoco parece la solución más acertada para llenar de vida las secuencias. Por tanto, si Liv Ullmann no pretendía introducir grandes cambios en el texto del dramaturgo escandinavo, ¿no habría sido más adecuado preparar un montaje teatral?

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Es probable que la propia obra de teatro, que se desarrolla íntegramente en una cocina, no se preste en exceso a una adaptación cinematográfica. Sin embargo, la virtud de la teatralidad que presenta esta adaptación de La señorita Julia es que el trío protagonista puede hacer gala de su calidad interpretativa. Si Liv Ullmann se equivoca en el enfoque de la adaptación, acierta en la dirección de actores. Jessica Chastain, que en cada nueva película crece como intérprete, es una excelente señorita Julia. La estadounidense dota de complejidad y matices a un personaje de carácter aparentemente superficial y muestra con naturalidad la volatilidad, desesperación y altivez de una mujer aislada. Solo en las últimas escenas del filme parece hacer ciertas concesiones al histrionismo.

Por su parte, Colin Farrell ofrece una de sus mejores interpretaciones en el cine como un criado que oscila entre la ingenuidad y la astucia sin parpadear. Tampoco se debe olvidar la excelente labor de Samantha Morton como prometida del siervo al que da vida Farrell. Es una lástima que esta gran actriz haya sido tan desaprovechada por el cine, pese a su evidente talento y sus dos nominaciones al Oscar. Son los tres actores quienes consiguen que lleguen ecos del discurso sobre la lucha de clases y sexos presente en el texto teatral y que La señorita Julia dé ciertos signos de vida.

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