Tópicos con gusto, artista gruñón

Francia es el espejo en el que tradicionalmente se ha mirado España y, desde luego, la imagen que le ha devuelto rara vez ha satisfecho a la mayoría de los ciudadanos que viven al sur de los Pirineos. Ya sea la política interior y exterior, la economía, la sociedad o la cultura, siempre parece imposible alcanzar los niveles de vida de los galos. A pesar de la larga y dura crisis económica que atraviesa el país de Víctor Hugo, Renoir y Molière, deseamos asemejarnos lo máximo posible a un país que también tiene, como todos, numerosos defectos. No obstante, esos defectos son casi inexistentes en la gestión y promoción del ámbito cinematográfico. Si en España la industria y las ayudas son prácticamente nulas, en Francia el séptimo arte es un importante sector económico apoyado por el Estado.

Sin embargo, pese a las diferencias, este año Francia y España han conseguido un asombroso parecido en la temática de las películas más taquilleras de sus cinematografías. Si la comedia Ocho apellidos vascos basaba sus bromas en los tópicos sobre vascos y andaluces, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? hace lo propio con el multiculturalismo del país vecino.

Con una premisa que recuerda a Adivina quién viene esta noche, la película de Philippe de Chauveron, que solo en Francia ha recaudado más de 104 millones de dólares y ha sido vista por más de doce millones de espectadores, presenta la historia del matrimonio Verneuil, una pareja conservadora cuyas cuatro hijas se casan con judíos, chinos, musulmanes y africanos.

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A partir de esta idea, el guion explota un humor basado en tópicos con cierta elaboración que no cae en bromas completamente banales ni groseras. De hecho, pese a las evidentes aspiraciones comerciales, la cinta realiza su discreta aportación al debate público en el Viejo Continente, donde desde el inicio de la crisis económica en 2008 el racismo se ha extendido con mayor rapidez entre los ciudadanos y sus representantes políticos. No hay más que ver las propuestas de Marine Le Pen, Nigel Farage e incluso David Cameron destinadas a limitar la inmigración.  

De todas formas, si bien no ignora su entorno político y social, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? es, sobre todo, una comedia muy entretenida, con gracia y ágiles diálogos que, además, cuenta con un reparto dotado para el humor encabezado por Christian Clavier, al cual muchos espectadores recordarán como el Astérix de las primeras adaptaciones cinematográficas.

Un romántico arisco

Reino Unido es otro espejo al que los españoles suelen recurrir. Su larga tradición democrática o la afición por la danza y el teatro están muy por encima de las españolas. También en el arte hay grandes nombres, aunque en ese ámbito España puede presumir de Velázquez, Goya, Picasso o Dalí. Sin embargo, en la etapa romántica los artistas son más escasos, con la excepción del citado pintor aragonés, mientras que en las islas británicas cuentan con J.M.W. Turner (1775-1851), un maestro de la luz. A los últimos 25 años de la vida del pintor dedica Mike Leigh su última película, Mr. Turner.

Sin duda, el centro de la cinta es la actuación de Timothy Spall. El ganador del premio a la mejor interpretación masculina en el pasado festival de Cannes ofrece un trabajo impecable y repleto de matices que se desvelan a medida que avanza el metraje, pasando de ser un individuo desagradable y arisco a una persona gruñona, pero con buen fondo y, sobre todo, volcada en su arte. Todo lo demás, parece secundario. Tampoco desmerecen las actuaciones de Dorothy Atkinson como la sirvienta del pintor y Marion Bailey como Mrs. Booth.

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Junto con el trabajo de Spall y sus compañeras, destaca el del director de fotografía, Dick Pope, que ha convertido cada fotograma de la cinta en un cuadro del propio Turner en tonos pasteles, amarillentos y anaranjados. Pero, la mayor virtud de estas imágenes es que no se imponen a la historia, sino que contribuyen a narrarla. Lo mismo puede decirse del cuidado vestuario, a cargo de Jacqueline Durran, ganadora del Óscar por Anna Karenina. Los trajes nos transportan al siglo XIX en lugar de deslumbrarnos, como tantas veces sucede en las cintas de época.

Son las principales virtudes de un biopic que muestra a partir de episodios muy bien enlazados la etapa final en la vida de Turner con un tono dramático que, sin embargo, no renuncia a incluir notas de sarcasmo. Solo el acto final de la película parece necesitado de varios recortes para llegar con menos rodeos a la conclusión. Es el defecto de un sentido homenaje cinematográfico al pintor y la pintura.

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