Los demonios del jugador

Los llaman demonios internos. Son esas ideas e impulsos que llevan a las personas a la depresión, las drogas o el juego. Normalmente, se asocian con artistas que mueren demasiado jóvenes. Amy Winehouse, Janis Joplin, Philip Seymour Hoffman… La lista es demasiado larga. Pero también afectan a individuos alejados del foco mediático. Es el caso del protagonista de El jugador, nueva versión del clásico homónimo de 1974 que dirige Rupert Wyatt y protagoniza Mark Wahlberg como Jim Bennett, un profesor universitario adicto a las apuestas.

¿Por qué lo haces? Porque sí. Porque quiero. Me apetece. Puedo. Podría ser la respuesta de este personaje que, en apariencia, tiene la vida resuelta. Además de ganar un buen sueldo enseñando literatura en la universidad, ha tenido la suerte de nacer en el seno de una familia acomodada, de esas que viven en mansiones con grandes jardines y disponen de monitores para jugar al tenis. Pero a Bennett no le basta. Siente la necesidad de arriesgar su bienestar, endeudarse, visitar lugares y personas poco recomendables y poner en peligro su existencia. ¿Por qué? Porque quiere, o puede, o le apetece, o no sabe hacer otra cosa. Puede que ni siquiera haya una respuesta.

Aunque la película de Rupert Wyatt no aprovecha todas las posibilidades que su premisa le ofrece y no profundiza por completo en los traumas y motivaciones del protagonista, es de agradecer que una producción hollywoodiense se atreva a realizar un estudio psicológico bastante franco, honesto y eficaz sobre la adicción al juego de un personaje muy imperfecto. Como no podía ser de otro modo en una producción con vocación comercial, el protagonista consigue redimirse y dejar atrás sus demonios internos. Pero, al menos, la cinta muestra retazos de una personalidad amargada, vacía y perdida. Más que dar respuestas, plantea preguntas complejas que finalmente olvida con una resolución bastante simple y algo improbable. De hecho, es en el tercer y último acto de la película en el que el hasta entonces ágil montaje decae debido a diálogos reiterativos que nada aportan al desarrollo de la narración ni de los personajes. Es un mero trámite, excesivamente alargado, para hacer más verosímil la aparición de la luz al final del túnel. 

THE GAMBLER   

Quien no toma por mero trámite su trabajo es Mark Wahlberg, que en El jugador ofrece uno de los mejores trabajos de su carrera. Contenido y electrizante, el actor de Boston sale de su zona de confort y deja de lado los héroes, tan habituales en su cinematografía, para ofrecer una interpretación que eleva la calidad de la película muy por encima de la que su guion podría hacer suponer al espectador.

Y es que la cinta es, sobre todo, un vehículo para el lucimiento de las habilidades interpretativas de Wahlberg. Todos los demás elementos, incluidos unos notables John Goodman y Jessica Lange, quedan subordinados. El actor aprovecha la ocasión y hace casi imposible que dejemos de prestar atención a su personaje. Su presencia convierte en secundarios todos los demás aspectos de la película. Para lo bueno y para lo malo. Porque El jugador podría haber dado más de sí, pero el director y su equipo no han querido o no han sabido cómo hacerlo.  

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