Vuelo a baja altura

En el año 2009, la directora peruana Claudia Llosa se convirtió en la gran revelación del Festival Internacional de Cine de Berlín gracias a la película La teta asustada. La historia de una joven cuya madre había sido violada durante la época del terrorismo en Perú, en las dos últimas décadas del siglo XX, cautivó a la prensa especializada y al propio jurado del certamen, que le otorgó el Oso de Oro a la mejor película. Pero el recorrido internacional de la cinta no terminó en tierras germanas. Más adelante, llegaron las nominaciones a los Goya, los Ariel y, por último, los Oscar. Aunque no ganó, La teta asustada puede presumir de ser el primer filme peruano candidato al premio de la Academia de Hollywood.

Han pasado seis años y, tras dirigir algunos capítulos de series de televisión y un cortometraje, Claudia Llosa ha regresado a las pantallas de nuestro país con un nuevo largometraje. Pero el resultado no se ha acercado al de su aplaudida predecesora. No llores, vuela, coproducción entre España, Francia y Canadá, también compitió en la Berlinale del año pasado, pero se fue de vacío. Además, en los doce meses posteriores a su puesta de largo, el estreno en salas comerciales se ha retrasado en varias ocasiones y el metraje ha perdido diecisiete minutos. De los 112 que se proyectaron en Berlín y Málaga, los espectadores españoles solo podrán ver 95. El tortuoso camino no invitaba al optimismo. Y el visionado de la cinta confirma que no nos encontramos ante el mejor trabajo de Llosa.

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Sin duda, el principal mal de No llores, vuela es su débil guion. Nana (Jennifer Connelly) es madre de dos hijos, Gully, que padece una enfermedad terminal, e Iván, que se refugia en la cetrería para escapar de la realidad familiar. Un accidente distanciará a este último (Cillian Murphy) de su madre y, años después, gracias a la intervención de una periodista (Mélanie Laurent), Nana e Iván se reunirán. No es una trama especialmente compleja ni original. De hecho, la historia es tan limitada y previsible que la duración del filme, incluso después de pasar por la sala de montaje para eliminar diecisiete minutos, resulta excesiva.

No llores, vuela dice muy poco sobre la pérdida, el dolor, la fe y la trascendencia. Lo que cuenta, resulta superficial y distante, carente de impacto. Desde luego, poco ayuda la narración no lineal, que salta entre dos épocas con el objetivo de generar intriga y ocultar unas relaciones evidentes desde las primeras escenas. El recurso fracasa en su pretensión y, en lugar de despertar el interés del espectador y crear un efecto dramático, interrumpe la evolución emocional de los personajes y anula la posibilidad de explorar con detalle los temas que la directora plantea. Asimismo, prolonga innecesariamente la presentación del conflicto y sus actores.

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Esa misma estructura ahoga el trabajo del trío protagonista formado por Connelly, Murphy y Laurent. Pese a su talento y profesionalidad, las interpretaciones no consiguen transmitir en todas sus dimensiones el dolor y desgarro que los personajes viven. Hay momentos de gran autenticidad, pero también otros tantos de frialdad y aparente pasividad. De todas formas, es posible que estos altibajos se deban más al montaje de la cinta que a la labor interpretativa.

Pero si el montaje y el guion fracasan y las esforzadas actuaciones se definen por la irregularidad, la fotografía de los gélidos paisajes canadienses se convierte en el gran triunfo de la película. Las imágenes del cielo y la tierra helada poseen el valor dramático e intensidad de los que carece el guion de No llores, vuela.

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