El terror

Probablemente, no hay una película más actual y relevante que Timbuktu, del director mauritano Abderrahmane Sissako. La muerte del piloto jordano Muaz Kasasbeh, quemado vivo en una jaula por el Estado Islámico. El atentado contra el semanario Charlie Hebdo y el supermercado de comida kosher en París. Los ataques a escuelas en Pakistán. Los secuestros de niñas en Nigeria por parte de Boko Haram. Casi a diario una nueva acción del fundamentalismo islámico impacta al público occidental. Pero, rara vez se profundiza en sus raíces, significado y posibles consecuencias. Ni se acostumbra a tener en cuenta que los ciudadanos más afectados por esa lacra son los habitantes de los países musulmanes. Timbuktu es un buen remedio para acabar con dicha tendencia. Por supuesto, tampoco se deben olvidar sus evidentes virtudes cinematográficas.

Inspirada en la conquista de la ciudad maliense de Tombuctú por parte de Ansar Dine en la primavera de 2012, la cinta se articula en torno a Kidane, un padre de familia que vive tranquilamente en las dunas próximas a la ciudad con su esposa, su hija y un niño pastor. Mientras el terror reina en Tombuctú, Kidane prosigue con su habitual modo de vida. Hasta que mata accidentalmente a un pescador que ha ejecutado a su vaca favorita.

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Como se acaba de exponer, Kidane es el personaje principal del filme. Sin embargo, la gran virtud del trabajo de Sissako es que no se limita a mostrar únicamente cómo un individuo ve arruinada su existencia por el terror fundamentalista, sino que ofrece una visión panorámica de los habitantes de Tombuctú mientras se resisten a perder su libertad. Pese a las breves intervenciones de los personajes secundarios, están tan bien escritos y definidos que el espectador consigue conocerlos en profundidad, identificarse con ellos e incluso, pasados los días, recordar sus ahora conocidos rostros. El cineasta mauritano logra transmitir el sentimiento de comunidad, así como el riesgo de que esta desaparezca con aparente sencillez y facilidad. La sensación de amenaza resulta más aterradora cuando se cierne sobre todo un conjunto de personas.  

Pero como a los tiranos y extremistas les aterra la risa, Sissako opta por incluir en esta tragedia momentos de fina ironía y profunda indignación que evidencian el absurdo y la ignorancia del pensamiento fundamentalista. Se prohíbe fumar, pero los extremistas se esconden tras las dunas para disfrutar de un cigarrillo. Se prohíbe jugar al fútbol, pero los radicales debaten si Zidane supera a Messi. Mientras tanto, los niños no tienen más remedio que jugar con un balón imaginario en una escena de gran belleza plástica. Se prohíbe escuchar música, pero un ‘soldado de Dios’ no sabe cómo actuar cuando escucha una composición que alaba a Alá y Mahoma. Se imponen los guantes a las mujeres, incluso para vender pescado. Se establece la ley del terror. Y el director cede la palabra a los propios yihadistas para que evidencien su locura, absurdo e incluso desconocimiento de la religión.

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Humor, drama, belleza plástica sin grandes artificios (los trajes de colores alegres que viste el pueblo contrastan con el gris o veis de los yihadistas) e interpretaciones realistas se ponen al servicio de una historia tan sencilla como compleja cuyo potente mensaje Sissako logra definir en dos escenas sin diálogos al principio de la película: una gacela huye de los yihadistas y unas esculturas africanas son tiroteadas en medio del desierto. 

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