Esbozo de Marruecos: primera parte

A veces pienso, que ser ciego, es la mayor tortura. Otras, pienso que ser sordo, serían aún más doloroso. Aunque cada vez estoy más en lo cierto, de que todos los humanos necesitaríamos carecer de uno de estos sentidos en algún momento de nuestra vida. Más aún, hoy en día, cuando los aparatos electrónicos, han empezado a sustituir a los sentidos y sensaciones, en todas las direcciones posibles. Nos estamos perdiendo las vibraciones del mundo. Nos estamos perdiendo a nosotros.

Todos tenemos la culpa de que la tecnología esté robando el terreno a la sensibilidad. Nos hemos dejado arrastrar por ella. Nos vigila y parece guiarnos más que nuestro propio espíritu. Me gustaría saber, lo que esconden las miradas de verdad, lejos de pantallas; lo que sienten las yemas de los dedos, lejos de pantallas también.

Hay un capítulo de los Simpsons, en el que Homer, no se acuerda del color de los ojos de Marge. Quizás, dentro de poco, nos pase todo esto a todos. Quizás, dentro de un tiempo no nos acordemos de nada y cuando las redes sociales exploten, y las tarjetas de memoria mueran, no tengamos recuerdos. No nos acordaremos de nada. Y no sabremos responder porqué.

Todo esto viene, por mi último viaje a Marruecos. Y porque me he dado cuenta, de que allí, es el único país en el que he estado sintiendo a cada paso, sin frenos. Allí. Donde las motos pasan por los zocos a toda velocidad, he sentido el aire. Donde los coches cambian de sentido sin los colores del semáforo. Donde los niños me han venido clínex. Donde las madres duermen con sus hijos en el suelo al calor de una hoguera hecha con trozos de periódico. Donde las mujeres van tapadas de arriba abajo aunque la temperatura supere los 30 grados. Donde te regalan sonrisas sin pedir nada a cambio, porque no hay nada que perder. Donde existe el trueque. Donde la música vibra en el suelo al ritmo de la respiración de serpientes. Donde el té es ley de vida. Donde los olores rasgan el olfato y arañan el estómago. Donde hay muchos estómagos vacíos. Donde hay desierto. Donde he visto salir el sol triunfal. Donde hay historias, las que he escuchado y las que no. Allí, donde existe el tiempo sin horarios.

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