La industria blanca

#OscarsSoWhite. A estas alturas muy pocos desconocen el significado de este lema difundido en Twitter tras el anuncio de las candidaturas a los Oscar el pasado 14 de enero. Por segundo año consecutivo, no hay ningún actor o actriz afroamericano entre los veinte intérpretes nominados. Cineastas y estrellas como Spike Lee, Will Smith y Jada Pinkett Smith anunciaron casi de inmediato su intención de no acudir a la ceremonia como protesta por la falta de diversidad en los galardones más codiciados del séptimo arte. Pero, ¿es a la Academia a quien se deben dirigir las quejas? ¿O la raíz del problema se encuentra en otro lugar?

Lo cierto es que el único actor no caucásico con posibilidades reales de obtener la nominación era el británico Idris Elba como intérprete de reparto por su aplaudido trabajo en Beasts of No Nation. La Academia se olvidó de él, pero también lo hizo de otros cineastas blancos como Ridley Scott, presunto favorito para alzarse con la estatuilla a mejor director por su labor en Marte. Tampoco se acordaron de Todd Haynes ni de su magistral Carol.

Se ha hablado de la ausencia de Will Smith por su interpretación del doctor Bennet Omalu, descubridor del traumatismo craneoencefálico crónico que afectaba a los jugadores de fútbol americano. Sin embargo, ni la película ni su interpretación han tenido el éxito de crítica y público suficiente como para convertirlo en un candidato sólido a los Oscar. Muy pocos periodistas (por no decir ninguno) lo incluían en sus predicciones dentro del quinteto finalista. En cuanto a Straight Outta Compton y Creed, que han obtenido nominaciones para los miembros blancos de sus equipos mayoritariamente afroamericanos (guion original en el primer caso y actor de reparto para Sylvester Stallone en el segundo), sus estudios no han apostado por ellas con campañas de promoción potentes y la simple inercia de seguir los resultados de otros galardones ha dado lugar a las citadas candidaturas.

Con el objetivo de lograr mayor diversidad entre los candidatos al Oscar, la Academia anunció el 23 de enero un cambio en la normativa que ponía fin al derecho de voto vitalicio de los miembros. A partir del próximo año, el voto se renovará cada diez años si el académico ha trabajado en la industria cinematográfica durante la década anterior. De lo contrario, permanecerá como académico, pero no podrá participar en la elección de los nominados a los Oscar durante los siguientes diez años. Solo se tendrá garantizado el voto si se ha ganado o sido nominado al premio o si se ha renovado el derecho durante tres décadas.

En una organización con un 94% de blancos y un 77% de hombres, cuya media de edad supera los 62 años, la medida introducirá un necesario aire fresco. Sin embargo, no está claro que académicos más jóvenes y activos vayan a escoger candidatos más variados. Ni que todos los miembros más veteranos que ya se han retirado sean quienes votan en exclusiva por candidatos blancos. Dolores Hart, la actriz que besó a Elvis Presley por primera vez en la pantalla, hoy convertida en monja de la orden benedictina, aseguraba a The Hollywood Reporter que la Academia había caído en la “discriminación por edad” y que, de ese modo, iba a perderse “la experiencia” de esas personas, si bien reconocía el valor de la opinión de los más jóvenes. En el mismo artículo, un miembro perteneciente a la rama de relaciones públicas afirmaba que el objetivo era atraer a miembros jóvenes de la industria que, sin embargo, realizan hoy películas en las que la diversidad no está presente. ¿Y si el cambio de la norma no da el resultado esperado y todos los actores nominados vuelven a ser blancos en los siguientes años?

Por el momento, el problema no está solo en los Oscar. Los premios se encuentran al final del proceso cinematográfico, cuando las películas ya se han distribuido y tanto la crítica como el público han dado su veredicto. Si realmente se pretende representar la América diversa y real en el cine, son los estudios y productores quienes deben ofrecer a los espectadores historias complejas, elaboradas y atractivas que superen los clichés sobre afroamericanos, latinos y asiáticos. Tras el estreno de cintas de calidad, deberán invertir millones de dólares en campañas de promoción potentes para los premios. Si eso sucede y los Oscar siguen nominando a actores blancos, se podrá acusar con razón a la Academia de racista. Pero, mientras los actores, directores o guionistas no caucásicos sigan sin tener las mismas oportunidades laborales en Hollywood, centrar la atención únicamente sobre los Oscar no cambiará la situación. Al fin y al cabo, no se trata de un problema limitado a la industria cinematográfica, sino que afecta a todo un país incapaz de respetar la igualdad de derechos y oportunidades de todos sus ciudadanos.

El propio presidente Obama aseguraba a la filial de la ABC en Los Ángeles que el debate forma parte de un asunto más amplio. “¿Estamos seguros de que todos están teniendo las mismas oportunidades?”, se preguntaba, mientras instaba a buscar el talento allá donde estuviera, fuera cual fuera la industria. “Cuando se cuenta la historia de todos, se crea mejor arte, mejor entretenimiento, hace que todos se sientan parte de una familia americana”, comentaba el mandatario. Mientras esos cambios no se produzcan, las nominaciones a los Oscar para afroamericanos y otras minorías seguirán siendo anecdóticas. #HollywoodSoWhite

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