Elvira Lindo asistió al Centro Azkuna el pasado 25 de febrero para presentar su última obra. Hablamos de Noches sin dormir, un libro que relata el día a día del último invierno en Nueva York de su autora. Un invierno que, a su juicio, «se comportó como debía, salvajemente, con un frío que mordía salvajemente», también.

Por Cristina Valbuena

La creadora de Manolito Gafotas que ha dejado huella en la radio, el periódico, la televisión, el cine y en numerosas páginas de libros, llegó pasadas las siete al Auditorio de la mano de María Eugenia Salaverri, quien moderó el diálogo que fue en crescendo y acabó dejando a los asistentes con ganas de más.

Lindo empezó contando cómo su viaje a Nueva York en 2004 acabó prolongándose 11 años, después de explicar que sus aventuras no son fruto de decisiones, sino de dejar que en la vida le pasaran cosas. Y así, dividió su estancia en etapas, destacando el momento en el que encontró su hogar, próximo a la parada 103 del metro, como la más dulce. A pesar de eso, lo que le hizo quedarse en la Gran Manzana fue lo mismo que le llevó a irse. Lejos de la tristeza, fue relatando orgullosa este hecho que le ha conducido a “una mejor versión de la que se fue”. Tampoco tuvo reparo en hablar sobre las diferencias entre el que fue su país de forma temporal y su país natal. No encontró mejor forma de describirlo que narrando cómo un ciudadano estadounidense le contaba que mató de un disparo al perro que había matado al suyo.

Pero, cuando Elvira Lindo se metió realmente al público en el bolsillo fue cuando empezó a desnudar su libro en pequeñas dosis. Primero, introdujo el tema, equivalente a sus primeras páginas, de la psicoanalista que le llevó a pensar que, al irse de Madrid, había abandonado a sus hijos allí, lo cual le hizo sentirse culpable por un día. A estas alturas, la escritora ya había confirmado la veracidad de cada letra que ha escrito en este diario que ella misma protagoniza como una “cazadora solitaria”. Por lo tanto, lo que al público le vino a la mente automáticamente fue la carencia de sexo que hay en él. Fue entonces cuando la novelista dio una breve lección de deseo, placer y desastre que los espectadores seguro guardarán a conciencia.

libro elvi

Eran casi las ocho de la tarde y la gaditana había convertido el acto en una charla de tú a tú. Y como todo el mundo cuando está a gusto, comenzó su desahogo con una pizca de humor y un toque de denuncia. Entró en acción el rol que por costumbre debe cumplir la mujer, usualmente atribuido a lo cotidiano, y el hombre, usualmente atribuido al arte. Un prejuicio injusto, a su parecer, que quiso rematar añadiendo: “mi atún encebollado es arte, también”.

Elvira Lindo vive, luego escribe. Y lo hace mientras anda. Es así como llegó a la conclusión de lo necesarios que son los personajes en su libro. Los mismos a los que, según afirmó entre risas, no les ha regalado el libro para “mantenerlos en su mismidad”. Los asistentes, enganchados completamente al repertorio de anécdotas que la autora iba contando, llegaron al clímax de sus carcajadas cuando la guionista terminó de contar la historia de una pareja de amigos neoyorquinos que tenía un loro, al que se le daba pie en toda conversación e incluso le cantaban el cumpleaños feliz.

La ensayista, que ha escrito en diversos tonos a lo largo de su carrera, se mostró quejosa ante la actitud que últimamente está teniendo el lector que “solo quiere que le cuenten historias que quiere oír” y al que le cuesta comprender la ironía, recurso que acostumbra a emplear normalmente.

Para finalizar el retrato de su experiencia americana, bromeó sobre su conclusión ficticia acerca de los figurantes que el ayuntamiento de Nueva York coloca por la ciudad para los turistas, y que al detectar el interés por convertirse en ciudadanos americanos, retira de golpe.

Y de golpe, el encuentro terminó, y el público salió con varias lecciones y todo un invierno que le calaba los huesos de camino a casa.

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