Un simple mensaje en la pantalla del ordenador puede desencadenar cambios vitales, sino preguntadle a Neo. Obviamente no hablo del mismo caso, nadie penetró en mi ordenador dejándome un mensaje críptico ni me dio a elegir entre la pastilla azul y roja (aunque cada vez que compro aquellas golosinas similares juego pertenecer al mundo Matrix -¿o acaso ya soy parte de él?-). Más bien me refiero a un e-mail recibido sobre marzo del año pasado desde la propia Universidad del País Vasco con un suculento contenido: ¿te gustaría viajar por un mes a Seúl, capital de aquel país en perpetua guerra con sus vecinos con los que, de hecho, comparten nombre pero con un diferente apellido geográfico? Vale, acabo de inventarme el slogan del correo, aunque la propuesta era cierta, ¡viajar a Corea del Sur!

La universidad de Myongji se convertiría en la anfitriona de los estudiantes que estuviéramos interesados, con el propósito primero de perfeccionar nuestro inglés y, en segundo lugar, conocer una de las culturas asiáticas más legendarias y curiosas del planeta. No seríais los primeros en sorprenderos por haber emprendido un viaje de más de 10.000 km por la “simple” cuestión de mejorar el inglés, teniendo Reino Unido y similares a golpe de salto de Bugs Bunny. Vuestro asombro es lógico, pero ¿os imagináis otra oportunidad de pisar un suelo que se encuentra literalmente en el otro lado del globo? ¿Un destino que para llegar a él tienes que volar por 14 horas atravesando las llanuras más desconocidas del continente más extenso de la Tierra? Es de ese modo cómo el inglés se convirtió desde un primer momento en una enorme excusa. Además, ¿es un mes suficiente para profundizar un idioma que ni tan siquiera era el más hablado en el país?

Seúl

Vistas de Seúl desde la Seoul N Tower. Imagen original

Si antes del profético e-mail la península de Corea solamente me sonaba por haberla estudiado en Geografía de la ESO y por los lejanos comentarios que me llegaban del kafkiano régimen que asola su lado norteño, era este el instante ideal para interesarme completamente en él. Ni tan siquiera en la carrera de Historia (y del Arte) los profesores se dedicaron a trazar las líneas generales de las diferentes culturas y gentes que conforman el Oriente Lejano. Chinos, japoneses y coreanos, todos diferentes en sus tradiciones e idiomas, pero amalgamados en un mismo paquete por ser incapaces de distinguirlos. Estos factores que subrayaban el vergonzoso vacío que proyectaba hacia el país fueron los que me motivaron a enviar mi solicitud al programa de movilidad, impulsado también lógicamente por mi curiosidad por el arte coreano (sí, defecto profesional).

No tardaron demasiado en decirme que había sido elegido junto con otras dos estudiantes de la misma universidad. Nos enteramos después de que no fue resultado de un meticuloso proceso de selección, sino de la escasa demanda del programa. Poco interés de la gente, vaya cosas. El mes de julio de 2015 fue el escogido para marchar, mes de fuertes contradicciones pues, si bien al término resultó ser una experiencia mágica, días antes de la partida, dudas y miedos puntiagudos afloraron. Las razones son las siguientes: primero, la lejanía del destino (no iba a Londres, ni tan siquiera me encontraría en Europa) y segundo, el oportuno brote del MERS, una enfermedad infecciosa respiratoria que justamente en aquellas fechas impactó en algunos países orientales y que la prensa amarilla se dedicó a exagerar. Finalmente, tras comprar algunas mascarillas y desinfectante de manos, y apoyo familiar, dicho sea de paso, fui.

Seúl

Cheonggyecheon: contrastes en el corazón de Seúl. Imagen original

No las utilicé, las mascarillas digo. Al de poco tiempo de haber aterrizado, e incluso mientras soñaba con un colchón tras la agotadora travesía Loiu-París y París-Seúl, me di cuenta de que el dinero de las mascarillas me lo debía haber gastado en crema solar. Y es que, la agigantada enfermedad fue sustituida por un calor húmedo y bochornoso, razón por la cual os recomiendo que viajéis a Corea en otra época del año que no sea verano, única desventaja de la experiencia.

Curiosidad primera de la ciudad: el imponente Aeropuerto Internacional de Incheon se encontraba aislado en una isla, de la cual podías salir a través de la comodísima red de metro ¿subacuática? Rápidamente los buddies de Myongji se encargaron de acompañarnos y guiarnos hasta llegar al campus universitario donde nos hospedaríamos durante el mes. A partir de ahí todo fue una vorágine de acontecimientos, un cóctel genialmente equilibrado entre asistir a las clases de perfeccionamiento de inglés, las extenuantes (aunque alucinantes) sesiones de turismo y, cómo no, la noche coreana.

Incheon

Aeropuerto de Incheon ubicado en una isla. Fuente: GOOGLE MAPS

En definitiva, Seúl, máximo modelo de haber logrado un compromiso armonioso entre su constante evolución tecnológica y la aplicación aún vigente de sus tradiciones inveteradas, se convirtió durante un mes en nuestra casa. En los próximos dos artículos compartiré la mayoría de los tesoros que descubrí en la ciudad, algunos completamente estimulantes a la vista como el Palacio de Gyeongbokgung y otros mucho más delicados como la barrera que divide Corea del Sur y Norte. Solo os adelanto una cosa: de haber tenido que elegir entre la pastilla azul y roja, escogí la correcta, la de emprender el viaje.

Continuará…

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