Este artículo es la continuación de la primera crónica de viaje a Seúl que Pepucomag publicó el mes pasado

Choques culturales existen hasta cuando viajamos al Reino Unido o a Francia, países cercanos al nuestro y cuyas costumbres siguen sorprendiéndonos en menor o mayor medida. Cenar sobre las seis de la tarde o presentarse dando tres besos en la mejilla son dos ejemplos de cómo aquellas acciones cotidianas que damos por universales en nuestros propios hogares pueden variar en las distintas partes del mundo. Al fin y al cabo, un choque cultural no es más que esa sensación de confusión al enfrentarnos a un conjunto de normas sociales de otro país con las que no estamos familiarizados.

Bajo el conocimiento general de esta teoría, opinaba que viajar a Seúl llevaba intrínseca la obligación de sobrellevar el abismo cultural existente entre el país asiático y el nuestro. Nada más lejos de la realidad: el abismo quedó reducido a un ligero proceso de adaptación. Conjeturo que la razón principal de este fenómeno es la fuerte estadounidización (permitidme inventarme la palabra) o cómo la influencia ejercida por EEUU en Corea del Sur (en Seúl sobre todo) ha marcado su desarrollo. Y es que el capitalismo es la fuerza predominante de un país repleto de empresas multinacionales, un dato que, para mejor o peor, ayudó a sentirme más cómodo en un lugar tan remoto a mi hogar.

No malinterpretéis mis palabras: evidentemente existieron elementos de la cultura coreana que impactaron en mis sentidos, pero a grandes rasgos no era el shock esperado para un país que se había mantenido aislado al ritmo de los acontecimientos históricos occidentales. Entre algunos aspectos que me llamaron la atención, aquí una muestra: comer con palillos metálicos (no de madera, cuya característica escurridiza, principalmente durante los primeros días, me obligó a pedir cubiertos), el uso de una moneda de la que nunca había escuchado hablar (el won surcoreano) o un idioma que no te deba ninguna pista de qué era lo que estaba referenciando (sobre todo, en el momento de hacer la compra donde la diferencia entre un detergente y un zumo te la daba el dibujo de la etiqueta).

En cualquier caso, fue otro dato el que me avisó de que realmente pertenecía a una sociedad bien distinta a la coreana, una diferencia que considero la mayor entre los choques culturales que Corea del Sur me provocó. Hablo de lo asumido que los nativos tenían de la posibilidad de ser atacados por Corea del Norte, y de la obligatoriedad de su servicio militar para adiestrar a aquellos soldados que participarían en la posible guerra. El servicio militar obligatorio no es algo que de por sí debería destacar dado que son muchos los países, incluido los europeos (Suiza, Austria, Noruega, Finlandia, Grecia…), que aún lo mantienen. No obstante, la existencia real y verídica de una amenaza hace más peliagudo el caso coreano.

Al respecto, no son pocas las empresas turísticas surcoreanas que se aprovechan de la combinación de respeto y morbo que esta situación suscita en los turistas. Mis compañeras de viaje y yo no fuimos una excepción y contratamos un tour de un día para visitar el área más escabrosa del país: la Zona Desmilitarizada (DMZ en sus siglas en inglés). A grandes rasgos, se trata de un paralelo de casi 240 km de longitud que separa ambas Coreas, la cual ocupa 2 km en el lado sureño y otros 2 km en el norteño. A pesar de su nombre, es la zona más protegida de Corea del Sur, repleta de soldados que vigilan el largo y alambrado muro divisorio. El acceso es limitado, siendo necesario contratar un tour para poder penetrar en los 2 km que pertenecen a Corea del Sur. Una curiosidad: como consecuencia de la escasa actividad civil, la Zona Desmilitarizada se ha convertido en una magnífica reserva de flora y fauna.

Diagra

Mapa ilustrativo de lo que ocupa la Zona Desmilitarizada (DMZ). Fuente: WIKIPEDIA

En líneas superiores se ha hablado de una factible posibilidad de guerra, de un servicio militar imperativo y de un muro fuertemente custodiado. ¿A qué se debe todo esto? Fácil respuesta: Corea del Sur y Corea del Norte están en guerra. A pesar de que tras su Guerra Civil (1953) firmaran un armisticio (un alto al fuego), las tensiones entre ellas aumentan. Es así que Corea del Sur ve necesario activar todo tipo de mecanismos para protegerse de la dictadura personalista que supone Corea del Norte.

Volviendo a la excursión contratada, esta incluía diferente paradas. La primera que hicimos, y que técnicamente no está dentro de la DMZ, es la zona turística de Imjingak. Se trata de un parque a 7 km del paralelo divisorio que anualmente reúne a los surcoreanos para un llamamiento a la paz. El calificativo de “zona turística” es tristemente certero, pues las tiendas de suvenires y el emplazamiento de un pequeño parque temático en frente de Imjingak no hacen más que corroborarlo. No cabe duda de que el sector turístico del país saca partido de la situación.

zona turística de Imjingak

La gente reunida cada año en Imjingak cuelga este tipo de lazos como símbolo de la ansiada paz entre ambos países. Asimismo, hay fotos y objetos que evidencian que muchas familias fueron separadas al crear la frontera. Fuente: IMAGEN ORIGINAL

Segunda parada: pudimos visitar (y penetrar a pie) el tercero de los túneles que, según fuentes oficiales de Corea del Sur, su vecino norteño creó para atacar el país por sorpresa. En el mismo lugar, pero en la superficie, se encuentra el centro de interpretación audiovisual del DMZ, un pequeño museo/cine que se dedica a ilustrar la delicada historia coreana.

3th tunnel

El diagrama ilustra perfectamente la profundidad del túnel. El trayecto se hace a pie desde la inclinada rampa hasta aproximadamente la mitad del túnel. Era obligatorio llevar casco. Fuente: FLICKR

Tercera parada: Dora Observatory, lugar desde el cual, a través de unos prismáticos, es posible ver las tierras más cercanas de Corea del Norte. Según la guía del tour, el pueblo norcoreano que se puede divisar desde el observatorio (si no me equivoco, llamado Gaeseong) se trata de una aldea fantasma creada por el gobierno norcoreano con el fin de hacer creer a los sureños que su régimen permite vivir en plena libertad a sus habitantes.

Dora Observatory

Como demuestra la foto, más allá de la línea amarilla está prohibido sacar fotos. Al fondo, los prismáticos del Dora Observatory para divisar las tierras más cercanas de Corea del Norte. Fuente: MATTHEWNIEDERHAUSER.COM

Cuarta y última parada: la estación de trenes de Dorasan. Debido a la afluencia de turistas, parece que la estación está en su pleno funcionamiento, cuando la realidad es que está completamente parado. Su creación supone un halo de esperanza para cuando ambas Coreas se unifiquen y conecten en armonía.

Dorasan train station

Fuente: IMAGEN ORIGINAL

Dorasan train station

Fuente: IMAGEN ORIGINAL

Mientras los soldados de la DMZ y la población civil no tendrían escapatoria si el armisticio entre ambos países se quebrantara, es curioso cómo los turistas disfrutamos de la situación como si de un juego se tratara. En una zona donde la total delicadeza y respeto deberían imperar, se respira un ambiente de intriga y morbo. En cualquier caso, y al margen de esta crítica, nadie puede negar que fue una experiencia única e impactante que nunca podrá desprenderse de mi retina.

Para concluir, solo queda decir que en el artículo del mes que viene continuaré relatando la odisea del viaje a Corea del Sur, pero esta vez en una clave mucho más alegre y respondiendo fundamentalmente a la siguiente pregunta: ¿qué nos ofrece Seúl?

Continuará…

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