Vitoria de leyenda

Sábado. Ocho y media de la noche. Casco Viejo de Vitoria-Gasteiz iluminado. Una guía, oyentes y curiosas historias por conocer.

Olivia Otxoa de Eribe, guía de la visita nocturna por las calles más antiguas de la capital alavesa, encendió el micrófono de boca y pidió atención  a un grupo de interesados cuanto menos variado. Todos atendían, desde la niña con el abrigo morado agarrada a la mano de su madre, hasta el señor de barba, que llevaba boina y chaqueta de pana. La ruta estaba pensada por lugares, por el tiempo en el que supuestamente sucedieron los hechos. Amor, apariciones y asesinatos, todo y mucho más guarda la almendra vitoriana.

El punto de partida fue la Plaza de España, a la que, según Olivia Otxoa, se dieron diferentes nombres, como Plaza Nueva, Plaza de los Arcos o Plaza de Alfonso XIII, entre otros. La plaza aún estaba iluminada por el atardecer, y daba comienzo a la visita. Olivia narraba que durante la Guerra Civil Española, en el año 1936, un piloto alemán de la Legión Cóndor se estrelló en el centro de la plaza durante una exhibición aérea. No se sabe el porqué del descontrol. Como decía la guía, se comentó que fue por tratar de lanzar un ramo de rosas a una vitoriana, a la que vio asomada en un balcón y con la que se rumoreaba que vivía un apasionado romance. En este momento, el público ya entraba en contacto con la primera pincelada de lo que sería una divertida visita y parecía tener ganas de saber más.

Querido Celedón

El siguiente lugar de interés del camino fue la Virgen Blanca, la plaza principal de Vitoria. La experta comentaba que “nuestro Celedón” está inspirado, según quién, en un hombre u otro: Celedonio Alzola o Caledón Iturralde, ambos varones de buen beber. La primera vez que se le personificó como tal fue en 1917, y es curioso porque, pese a ser representado como un hombre de buena planta, el pueblo vitoriano decidió caracterizarlo con una gran barriga y aspecto desaliñado. En el año 1957 el muñeco de Celedón bajó por primera vez, y desde entonces siempre vuelve el 4 de Agosto para dar arranque a las fiestas de la Blanca, las famosas fiestas de Vitoria. Olivia Otxoa hizo amago de cantar la tradicional canción del personaje, pero no consiguió que nadie le siguiera, de forma que, entre risas, pasó a otra cosa.

La Malquerida

El frío a la intemperie helaba, pero todos escuchaban cuidadosamente las historias que guardan los cantones y las fachadas de piedra que les rodeaban . El grupo se movía tras la guía, que avanzaba hacia la calle Correría, donde aguardaba La Malquerida. Se trata de un rincón detrás de San Miguel, y que ahora da nombre al restaurante de al lado, donde se sitúa una puerta trasera de la iglesia. Es una puerta muy alta que tiene un diseño gótico, bonito, pero escalofriante. Los más mayores cuentan, según Olivia, que se llama así porque es por esa puerta por donde entraba la amante del cura, pero se pregunta por la época y el cura, y nadie sabe nada. Otros dicen que la llaman La Malquerida porque esa puerta casi nunca se utiliza. Lo que sí se sabe es que el chisme no es algo nuevo, esta es la prueba de que lleva siglos siendo el protagonista en los vecindarios.

La noche iba cayendo y las farolas iluminaban la trayectoria. Una diferente y preciosa Vitoria se mostraba ante los ojos de los caminantes nocturnos.  Eran las nueve y diez y, tras interrumpir la marcha en lo que fue la muralla de la ciudad- hoy desastrosamente reformada- y un par de fachadas de casas sobresalientes del medievo, la masa se detuvo en el único cantón de la ciudad que conserva su tamaño original, de un metro y veinte centímetros aproximadamente, el cantón de San Roque. El resto han sido ensanchados.

Peligro en la antigua Vitoria

Olivia recordaba que en el siglo XIX, de 1870 a 1979, empezaron a aparecer mujeres asesinadas en esas estrechas calles del Casco Viejo, hubo un total de seis a siete y cuatro de ellas violadas, que se sepa. La leyenda cuenta que el “asesino en serie”, que entonces no se denominaba así, tenía costumbre de hurgar en las entrañas de las víctimas con sus horquillas de pelo. Los periódicos decidieron llamarlo el Sacamantecas, por lo siniestro de sus crímenes. Se descubrió que fue el señor Díaz de Garayo y lo ajusticiaron a garrote vil, se enterró sin cabeza, pues pretendían estudiar su cerebro, no se entendía que una persona aparentemente normal tuviera un comportamiento tal. Mientras la guía dejaba caer las palabras se notaba en el ambiente cómo los presentes miraban al oscuro cantón y se estremecían al plasmar la imagen en sus mentes.

El tour continuaba y la cuadrilla de oyentes, tanto locales como turistas, miraba a su alrededor con cara de preguntarse cuántas cosas habrían sucedido sobre el suelo que pisaban y que siempre desconocerán. A las diez terminó la visita y, aunque cansados por el paseo, satisfechos marcharon todos: los que eran de fuera sabían algo más de una ciudad mágica, y los locales conocían un poco más de la historia de su ciudad.

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