Con un poco de azúcar del tío Walt

Walt Disney o el tío Walt, como le gustaba que le llamaran, tenía su propia forma de contar las cosas. Animadas, a menudo musicalizadas y “con un poco de azúcar”, como decía aquella canción de la icónica Mary Poppins: “con un poco de azúcar la píldora que os dan pasará mejor”.  Y seguramente por ello pasaron mejor.

Bien es sabido que muchos de los clásicos de su firma son adaptaciones relajadas y más amables de algunos de los cuentos más populares de los últimos tiempos. Y no dio mal resultado la fórmula: desde hace varias generaciones no hay una infancia en la que no haya entrado un producto Disney. Así, lo que nos ha llegado a nuestros días ha sido una colección de cuentos adaptados para todos los públicos. Y es que las versiones originales difícilmente habrían pasado el corte. Si las perrerías que les hacían a Dumbo, Pinocho o Cenicienta ya resultaron traumáticas para muchos, definitivamente no estábamos preparados para ver las versiones no censuradas. Y las razones son tan variadas como pintorescas.
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Fotograma de La Cenicienta (1950)

Las malísimas hermanastras de La Cenicienta, por ejemplo, eran, en pasadas versiones, gente sin problemas para montar pequeñas carnicerías en sus propios pies para poder calzarse el famoso zapato de cristal. Su protagonismo en la historia, eso sí, no cambió mucho. Especialmente oscura y muy difícil de adaptar debió ser la primera versión de La bella durmiente. La protagonista, entre otras desdichas, era violada por el “valeroso príncipe”, ya casado, mientras dormía. Y,  además, quedaba embarazada de gemelos, con una reina que quería matarlos a los tres. Mujer coraje en la Edad Media, nada menos.

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La bella durmiente

Hay que decir, también, que estos cuentos solían acabar en “y fueron felices y comieron perdices”. Salvo en casos aislados, como el de La sirenita. Si los niños son tan influenciables como mucha gente cree, el final de Blancanieves habría tenido un impacto en nuestras vidas difícil de calcular: el príncipe manda confeccionar un par de zapatos de hierro, obligando a la malvada madrastra a ponérselos al rojo vivo y a bailar hasta la muerte por intentar matar a la dulce e inocente Blancanieves.
Hay quien reprocha a Disney su mano azucarada para contar historias. Aunque también hay quien le habría espetado al tío Walt el ser un fumador tan empedernido (hasta el punto de abrir un estanco en Disney World) en una época en la que señores vestidos de médicos recomendaban fumar. La gran factoría decidió que estas  crónicas negras no eran convenientes y en muchos casos nunca vieron la luz con ella. Y no les fue mal con esta idea. Respetaron, eso sí, siempre la premisa innegociable de los finales felices.

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