Los mayores eruditos de la Historia del Arte han invertido sus esfuerzos en la especialización de lo que en el oficio se denomina géneros artísticos, a saber, aquellas parcelas determinadas por las que la expresión artística toma forma. Pintura, escultura y arquitectura, en sus más variadas manifestaciones, conformarían los géneros principales. Ahora bien, el presente y sus vanguardias han obligado a ampliar la mira de los historiadores hacia nuevos derroteros, en consonancia con las necesidades imperantes. Es así como las tan afamadas ahora artes performativas monopolizan casi toda la atención, aun sin perjuicio del desarrollo y evolución de las clásicas bellas artes citadas.

En cualquier caso, merece advertir una curiosa paradoja que establecen precisamente la contemporaneidad y la Historia del Arte, sobre todo en su vertiente académica. Si bien la mayoría de los programas universitarios españoles se jactan de poseer una estructura completa y competitiva, se alejan velozmente de la expresión de la moda, aquella que había sido invocada por una de las musas con aguja y dedal. Una de las facetas de la cultura que más expectativas crea, acaba siendo una de las principales olvidadas en el mundo académico artístico-teórico español. Es más, y valga aquí la paradoja, aquella que mayores beneficios económicos opera (recordemos que la industria de la moda es de las más cotizadas), menor densidad conceptual genera, desvalorizando los mencionados adjetivos de “completo” y “competitivo” que las universidades aman emplear. Dado que su interpretación teórica no parece interesar, ya desde una posible vía histórica (el estudio de la moda atendiendo al binomio tiempo-civilización) como fundamentalmente estética (en consonancia con los estilos artísticos vigentes), son los modistos, los couturier, los artistas per se los únicos transmisores de esa realidad creativa.

Cristóbal Balenciaga fue uno de ellos. El eco de esta figura me llegó de una forma mediata (cómo si no…) a través de una de las clases magistrales en la facultad. Independientemente de que la lección se ciñera a las condiciones museológicas del Museo Cristóbal Balenciaga (que si el nivel de lux era el adecuado para una iluminación correcta de las piezas o si el grado de humedad era aceptable en función de los criterios de conservación, verbi gratia), una potente curiosidad acabó germinándose en mi psique: ¿quién fue ese señor cuyo apellido se había filtrado a la cultura popular por constituirse en una marca comercial?

Sin duda alguna, Balenciaga es muy conocido por aquellos que se dedican a la tarea de la costura y el diseño. Un coetáneo y amigo de Dior o de Chanel no pasa desapercibido, menos todavía por lo que se lee de él en cualquier punto de información, en cuanto que sigue siendo el diseñador de alta costura español más relevante y, en particular, un orgullo para los vascos por haber nacido en Getaria. De familia humilde, su pericia técnica y creatividad le catapultaron al éxito en poco tiempo. Con 22 años su vena empresarial había dado frutos, con una tienda en Donostia, Madrid y Barcelona, cerradas tiempo después por la Guerra Civil pero continuada su actividad laboral en la vecina París. El innovador e inconfundible estilo del modisto engrosó su cartera de clientes con muy afamadas personalidades de la alta sociedad mundial. Mi compañero Adrián Pérez reseña de forma más abultada todos estos datos. 

Casa museo balenciaga

Casa Museo Cristóbal Balenciaga. La estructura clásica (en ladrillo) posibilita el enorme módulo que se le anexionó (en negro) para aumentar el aforo. Fuente: PEPUCOMAG

Atrio museo

Atrio diáfano del Museo. Fuente: CRISTOBALBALENCIAGAMUSEOA.COM

Las fuerzas públicas de nuestro país, entre ellas, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Eusko Jaurlaritza y el ayuntamiento de Getaria, sufragaron los costes de una casa-museo de Balenciaga, sita en su localidad natal de Getaria, con el único propósito de servir de recordatorio permanente a esta notabilidad que tanto revuelo originó en el extranjero y tan desapercibido pasa en el interior de las fronteras caseras. Al margen de la desilusión política y controversia que originó la trama de corrupción en términos de malversación de fondos públicos por el que el exalcande de Getaria terminó acusado, el recorrido expositivo del museo es muy racional, comenzando por una parada biográfica (acompañada de un documental de unos 20 minutos de duración explicando la trayectoria vital y artística del personaje que nos ocupa) y continuada por la demostración de algunas de las piezas en tela del diseñador, dispuestas sobre maniquíes invisibles. Al hilo, recomiendo fervientemente la visualización del documental, disponible en diferentes idiomas, pues explica genialmente los goznes artísticos, en materia de diseño, que fue capaz de lograr nuestro Balenciaga: línea tonneau (1947), el look semi-entallado de 1951, las faldas balón de 1953, la túnica de 1955, el vestido saco de 1957 o el baby-doll de 1958. En fin, una nomenclatura técnica que motivó la transformación sustancial de la figura femenina del siglo pasado y, por extensión, de la de nuestros tiempos.

Si bien el atractivo mundial de Getaria lo constituye Balenciaga y su Museo, no puedo desaprovechar la ocasión para animaros a que visitéis otros puntos de gran interés del pueblo costero guipuzcoano, ubicado en frente de la larga playa de Zarautz. Su diminuta península de San Antón (denominado coloquialmente El Ratón) y más aún, su iglesia de san Salvador, donde los junteros medievales de la actual Gipuzkoa se reunían para deliberar (al estilo del árbol de Gernika para el caso vizcaíno), no hacen más que elevar la posición de Getaria para convertirse en el destino de visita del próximo fin de semana. Adicionalmente, no olvidemos que de Getaria provenía el primer hombre que dio la vuelta al mundo, Juan Sebastián Elcano. 

En definitiva, de no existir estas iniciativas que toman forma en museos, sería mucho más complicado percatarse del desarrollo de la vertiente artística que supone la moda, en general, y de los hitos que un compatriota vasco llegó a desarrollar, en particular. 

Getaria

El pueblo de Getaria visto desde El Ratón. Fuente: PEPUCOMAG

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