Ray Bradbury aquel autor del siglo XX, que escribió Fahrenheit 451, novela distópica clásica de la literatura universal, describía qué pasaría en una sociedad donde leer estaba prohibido, al punto en el que los libros los quemaban, y quien tuviera la osadía de tener alguno en casa podía consumirse en llamas junto al compendio. Nada de que te pueda inspirar, o evocar a nada: vacío emocional. Casi al final de la novela, y salvaguardando spoiler, predicaba lo siguiente:

Cuando uno muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio adonde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas – decía – en tanto que cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un autentico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí. El jardinero estará allí para siempre”.

Dejar huella, ser único, marcar la diferencia… se podría interpretar de muchas maneras, y es algo que nos ataña; poner nuestro granito de arena en la sociedad, en la familia, en tu círculo de amigos, en la pared de tu cuarto para el próximo inquilino… y todo esto para que sepan que has pernoctado en algún lado y quede impregnado tu halo. Aunque sea de manera transitoria:

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Sino para qué sacamos fotos a todo aquello que vemos y hacemos; desde tu plato compartido de Penne Carbonara en La Tagliatella, hasta tu selfie en el concierto de Miss Cafeína, justo en el momento donde Alberto Jiménez toca Venimos. Pero, no lo vas a dejar en la zona hadal de tu antiguo smartphone y esperar a que un tsunami, en un domingo existencial post-etílico te de una zambullida y pienses que tienes que ordenar tus archivos y tus recuerdos; mejor lo subes a las redes sociales y si es en directo mejor, que sepa todo el mundo donde has estado, pero ya.

Y si te preguntan por whatsapp, antes de que le claves el visto y leído, contéstale ya, no vaya a ser que te pierdas tu disfrute en el concierto, o vayas ya por el postre, todo esto si no lo has compartido en alguna red social antes, ojo.

Vivimos presos de la instantaneidad y de las prisas, da igual que vivas Gràcia, te codees por Central Park o justo pases por el edificio Metrópolis, no es culpa de la metrópoli donde vivas, allá donde fueres lo compartes. Puede que te veas desbordado por formar parte del stablishment virtual, donde abundan las redes sociales, pero no, nadie va a guardar tu banal momento, simplemente durará lo mismo que tardas en deslizar el dedo hacia un lado para ver la siguiente foto. Quizás deberías plantearte en disfrutar como crece la hierba de tu jardín, como menciona Bradbury; no plasmar el momento en el que lo cortaste y jactarte de ello, míralo, aprécialo y regocíjate sobre tu permanente obra,  que quizás no vuelva a crecer de esa forma y lo que vean ya no es aquello que intentaste compartir, quizá se te hayan enfriado los Penne y tengan que calentarlos…ya no es lo mismo.

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