Una de las decisiones más importantes de nuestra vida es la de elegir qué es lo que queremos ser en un futuro. Algunos lo tienen muy claro desde pequeñitos –y no saben la suerte que tienen- pero otros, quizás, sienten que no encontrarán nunca su verdadera vocación. Y en mi caso, puede que aún la siga buscando.

Lo que sí que tuve claro a la hora de elegir qué quería ser y qué quería estudiar, fue que lo haría en otra parte. Quería ir a la universidad y vivir esa magnífica experiencia universitaria -o eso es lo que dicen- pero en otra ciudad. Y no es que odiara la ciudad en la que vivía, esa ciudad que me vio madurar como persona poco a poco, sino que buscaba algo más. Y ese algo que buscaba era libertad.

¿Libertad para qué? – diréis. Es sencillo, simplemente libertad para tomar mis propias decisiones, sin ningún tipo de condicionantes. Una libertad que encerrada en el mismo sitio de siempre no iba a tener.

Tampoco es que quisiera perder de vista a mis amigos, ni mucho menos a mi familia… pero la libertad que buscaba iba ligada directamente a dejar de vivir en casa de mis padres.

Y tampoco quería irme para conocer al amor de mi vida –tenía un presentimiento de que lo había encontrado antes de marcharme, y a día de hoy lo confirmo-. Pero aún así, yo ya había decido irme.

Y me fui, sin saber cien por cien qué iba a ser de nosotros. Pero, ¿qué sería de nosotros si nunca nos arriesgamos? Claro que puedes perder, pero ¿y si ganas?

Marcharte supone conocer y experimentar un número infinito de cosas nuevas. Cambia tu rutina de vida… y ¿quién lo diría? Hasta empiezas a hacer cosas que nunca imaginaste. Es más, entran en tu vida diversos tipos de personas que te sorprende que puedan conectar tanto contigo, y lo mejor de todo, que tienes que aprender a convivir con ellas. Dejan de ser amigos, para convertirse prácticamente en familia.

Decidir irte fuera conlleva empezar a buscarte un poco la vida. Sobre todo, hacer todas esas tareas de casa que pensaste que tu madre haría siempre. O saber amortizar el dinero en esas cosas que realmente necesitas para sobrevivir –dejando siempre algo para esos jueves de cañas en pozas-. Y buscarte la vida  hace que te transformes en una persona más responsable y madura –a no ser que seas un caso perdido-.

Sin embargo, decidir irte fuera llevará consigo un regreso a casa -ya sea más tarde o más temprano-. Un reencuentro con todo lo que dejaste atrás. Y que por muchos reencuentros, aún se te pone la piel de gallina cuando te subes a ese autobús que te llevará de vuelta.

Y en ese regreso, verás que esa ciudad de la que querías marcharte es más bonita de lo que pensabas.

Que a pesar de todo, de todo lo que deseabas irte, lo has echado de menos.

Y esa es la parte más bonita, echar de menos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *