Me iba acercando a esa puerta e iba diciendo: “qué corte, qué corte”. Además desde la propia editorial me decían “córtalo” (refiriéndose a una escena del libro). Pero no, no podía. Porque una mente sana no puede creer que esto sea real. Yo no me lo he inventado.  He cogido un relato verdadero. No he utilizado mi imaginación. Todo son hechos reales, pero ninguno en concreto. No hay una Blanca a la que le ha ocurrido eso, pero si hay un bebe que sufrió un abuso de esa manera.  Las dos nos emocionamos y nos empieza a temblar la voz nada más comenzar la entrevista rememorando uno de los pasajes más duros de Infancias Rotas: un abuso de un padre a su bebé.  María Martínez-Sagrera continúa explicando que cuando lo empezó a escribir, dejó la novela dos semanas, porque la primera no era capaz de pensar y la segunda estuvo mentalizándose: “Estoy escribiendo para esto, si uno no se lo cree, no le llega al corazón, no sirve para nada”.

 

María Martínez-Sagrera Martín es una escritora sevillana, licenciada en Filología Anglogermánica y Teología, diplomada en Estudios de Ciencias Religiosas. Actualmente participa en seminarios que organiza la Universidad en la Facultad de Derecho y Criminología de la Universidad de Sevilla sobre abuso infantil. Su última novela: Infancias Rotas, trata un problema que la sociedad no quiere ver; los abusos infantiles a menores.

En esta historia se entrelazan tres personas víctimas de abusos sin tener nada que ver, para que podamos comprender desde distintos puntos de vista una realidad que asusta. Es remarcable como ella misma explica en el epílogo: “El abuso sexual durante la infancia no es un problema de ficción: es una realidad en nuestro mundo actual”. Siendo así, “en los estudios realizados por Félix López en nuestro país en 1995, se pone de manifiesto que un 25% de las mujeres y un 15% de los hombres refieren haber sufrido algún episodio de abuso sexual durante su infancia; y, posteriormente, con los estudios de Echeburúa y Dl Corral en 2006, en los que se estima que se producen entre un 15 y un 20% de casos.”

¿De dónde sacó esa fuerza para escribir Infancias Rotas? Y ¿esa imaginación? Imaginación no porque son casos reales, pero ¿cómo se atrevió a escribir el libro?

Pensando en los niños. Cuando uno empieza a investigar, encuentra datos, cifras, estadísticas… Es muy fácil de digerir porque es todo muy objetivo, te puedes distanciar, como con la historia de Ángela. Porque es un personaje adulto que ha aprendido a vivir con eso, no lo ha superado, pero ha aprendido a vivir con ello.

Claro, porque se ve esa cicatriz intrínseca en ella que es lo que le impide avanzar realmente, poder amar, poder relacionarse con las personas

Poder amar o poder ser amada. Te deshumaniza, son experiencias que te deshumanizan. Esa es la fuerza que yo tengo para escribirlo y para denunciarlo. Porque creo que esos niños tienen todo el derecho del mundo a ser personas completas y plenas. Solamente lo serán si alguien lo detecta y si se le da el tratamiento adecuado.

En el libro narra como Eva se lo intenta decir a su padre, que lo está gritando de una forma escondida. ¿Cómo llegamos a detectarlo?

Primero tiene que ser un tema público del que se pueda hablar. Porque si se mantiene escondido detrás del telón, vamos a detectar problemas pero nunca vamos a averiguar la fuente de ello. Con Eva se detecta en veinte mil problemas. “Parecía que era una niña rebelde que estaba como para pegarle dos guantazos.” Y claro, no es la solución.  Le das dos guantazos y estás agravando el problema. Pero tú ponte en el papel de los padres. Primero, es algo que no se le pasa por la imaginación a ningún padre: es tabú. Esas barreras hay que romperlas en la sociedad. Hay que permitirse hablar de ello aunque sea desagradable. También una responsabilidad a nivel académico y profesional. Los profesionales del entorno infantil tienen que estar formados en este tema; profesores, médicos, psicólogos,  trabajadores sociales… En la universidad se os tiene que enseñar esto. Yo le pregunté  a una amiga de mi hija que estudia medicina si estudian o les enseñan algo de esto y me dice no. Y claro, “¿cómo vas a identificarlo si el día de mañana eres pediatra?” La sociedad tiene que ser consciente de lo que pasa.

El libro tiene una clara voz de denuncia, por eso creaste al personaje de Ángela, ¿para qué viéramos como los periodistas podrían denunciarlo?

Sí, todos podríamos denunciarlo. Quizás un periodista que está más de cara al público, tiene más capacidad  de hablar de un tema. Cada uno tiene su responsabilidad. El periodista hablando de lo que está pasando; el escritor contando una historia; las noticias en un telediario; los profesores sabiendo a que se deben esos indicadores, atendiendo al niño… todos tenemos un papel, pero tenemos que ser conscientes de ello.

A ese niño al que se le ha roto la infancia, y sin una infancia no hay una madurez sana, se puede solucionar, porque se le enseña a ser niño aunque ya sea adulto y se le enseña aquella fase de su vida que se ha saltado

Durante la trayectoria del libro vemos como los personajes van madurando y me ha parecido que los dos casos de abusos sexuales de Eva y Ángela tienen un hilo en común: esa tristeza, ese alma, esa infancia rota, ese ser corrompido desde su infancia que acaba asesinando su futuro. ¿Los niños que han sufrido abusos lo superan en algún momento o aprenden a vivir con ello?

Sin tratamiento no lo superan, porque aprender a vivir con ello tapándolo, no es superarlo. Es fundamental que se detecte para que tenga un tratamiento adecuado. Ese es mi mensaje de esperanza; con detección hay prevención, acompañamiento, tratamiento adecuado. Entonces a ese niño al que se le ha roto la infancia, y sin una infancia no hay una madurez sana, se puede solucionar, porque se le enseña a ser niño, aunque ya sea adulto y se le enseña aquella fase de su vida, que se ha saltado y tendrá capacidad para ser una persona plena. Con una vida que pueda abarcar todos los aspectos; los externos, internos, afectivos, la confianza en los demás.

¿Qué deberíamos hacer si nos encontramos ante uno de estos casos?

Ante indicadores de sospecha, depende de la relación que se tenga con la víctima. Casi siempre habría que acudir a profesionales y no intentar solucionarlos por uno mismo. Ni aunque seas la madre, que creas que eres la persona más cercana, precisamente por ser tan cercana no eres capaz de ver soluciones o salida. Si tienes un hijo con problema de hiperactividad, intentas buscar un logopeda o un profesional que te enseñe como tratar a ese niño. Es un problema que afecta a la integridad del niño, psicológicamente, afectivamente, relacionalmente. Nos desborda todo y necesitamos ayuda externa.

Todos sabemos que si a un canario lo sueltas de su jaula muere. Ese personaje no puede salir de su cárcel en la que ella misma se ha encerrado porque moriría.

En otro pasaje del libro comprobamos que Ángela hace una comparación con su pájaro Piolín y esa libertad que le fue arrebatada. ¿Querías darnos a  entender que ella vive en una cárcel en sí misma al igual que el pájaro?

Sí, ella vive en una cárcel. Piolín es una metáfora en la vida de Ángela. Ella vive en la cárcel en la que vivía su pajarito. Todos sabemos que si a un canario lo sueltas de su jaula muere. Ese personaje no puede salir de su cárcel en la que ella misma se ha encerrado porque moriría. Sólo puede salir acompañada, con ayuda. Aunque haya olvidado por un estrés post traumático, siempre hay algo que la está anclando al pasado, en su caso Piolín. “¿Por qué esta niña es rara?” Si es una mujer guapa, inteligente, que acaba atrayendo, que genera sentimientos a su alrededor positivos o negativos ¿no es capaz de integrarse? Muy sencillo, por ese anclaje al pasado.

En otro pasaje del libro se comenta “no son enfermos mentales porque realmente no tienen una adicción, porque supuestamente se pueden controlar.” Hace una comparación con el tabaco como adicción que no se puede controlar, pero el padre de Blanquita dice que el sí se puede controlar. ¿Cómo definiría usted a ese tipo de personas?

Son personas normales y por eso no se identifican. Son personas frías, calculadoras, tienen un plan de actuación, que siempre está hecho a salvaguardar su identidad, es muy difícil pillarlos in fraganti. Solamente se les puede pillar a través de identificar a la víctima. Son personas del entorno muy cercano a la víctima. Estos abusadores utilizan esas capacidades suyas empáticas para acercarse al niño. Por eso, hace tanto daño. El daño no es sólo el sexual, que muchas veces no hay ningún contacto físico, es que se hacen con la voluntad y el afecto del niño para luego defraudarlo. Por tanto ¿Qué esperanza tiene un niño que no cree en la autoridad, en las relaciones afectivas y que piensa que la vida es desprotección y traición? Son sus lecciones de vida.

Son personas normales, frías, calculadoras, tiene un plan de actuación, que siempre está hecho a salvaguardar su identidad, es muy difícil pillarlos in fraganti.

¿Piensa que las leyes en España son suficientemente fuertes?

Las leyes son suficientes, podrían mejorarse, pero son suficientes. Mi intención no es cambiar las leyes sino aplicarlas, porque no se aplican. A nivel judicial es donde tenemos mayores carencias. Primero porque no todos los juzgados están capacitados ni tienen medios para tratar casos de niños. Luego tenemos muchísimas demoras: un niño no puede estar esperando 5 años a ser juzgado y que haya una sentencia. Un niño no puede ser interrogado en ningún caso; eso por ley, y es interrogado. En esos casos, lo que manda la ley es que el niño tenga entrevista, juegos, charlas, con trabajadores sociales, con peritos, forenses… que saben tratar al niño. Si es muy grave, el caso se graba para no tener que volver a tener contacto directo con el niño. Ellos elaboran unos informes que se le pasan al juez y el juez no tendría ni que ver al niño.

En muy pocas ocasiones el juez renuncia a ese contacto con  el niño, porque no privatizarían a una persona de su libertad por un informe que ha elaborado una tercera persona. Con lo que ese niño está sufriendo un proceso de revictimización. Cuando es interrogado por primera vez cuando le ocurre el hecho a los 4 años y el proceso se dilata a 5 años, el niño con 9 años lo va a contar de forma completamente distinta. Y por fuerza no van a coincidir los dos relatos y lo que dicen es: por contradicción en el testimonio caso archivado. Y entonces: no pasa nada. La justicia se pone en el lado del mayor siempre. Desgraciadamente hoy en día es un hecho que solamente el 15 % de los casos se denuncie y el 5% llegue hasta el final.

María Martínez-Sagrera junto a la periodista Natalia Ortiz

¿Cómo se podría prevenir?

Hay tantas carencias en el sistema… Judicialmente, el juez tiene que creerse lo que dicen las leyes. Ellos son los primeros que tienen que hacerlo. Si el reglamento te dice no puedes intervenir directamente con un niño, tienen que cumplirlo. Luego en caso de abuso dicen; el testimonio del menor es el primer indicio a tener en cuenta y no lo es nunca. “El niño fantasea, el niño está manipulado por la madre…” El relato del niño lo quitan del medio, porque funcionan así. Creo que todos tenemos una labor en el tema. Lo primero creyéndonos las cifras, que coinciden a todos los niveles, informes y estudios a nivel mundial, europeo, autonómico, privado… ¿Por qué vamos a seguir negándolo? Es que está ahí, no nos gusta, pero está ahí. Luego que cada uno vea como puede implicarse en el tema.

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