No hay nada que envidiar. No debe haber temor a perder al comparar. Está a la altura de las series que en los últimos años han copado los ordenadores y televisores de millones de espectadores en el mundo. Menos presupuesto en producción, actores cuyas nóminas resultan minúsculas en comparación con los de series como Juego de Tronos o The Walking Dead, y, por supuesto, una suma de dinero minúscula dedicada a la promoción. Sin embargo, es una serie española, y, por consiguiente, para gran parte de una audiencia prejuiciosa, mala.

Hay que reconocerlo, la cultura audiovisual nacional nunca se ha caracterizado por deslumbrar al mundo con series merecedoras de Premios Emmy.  Son pocas las excepciones que confirman la regla, tan pocas que sobrarían varios dedos de las manos para contarlas. No obstante, en los últimos años, la calidad de las series ha ido creciendo de forma exponencial, alcanzando su punto más alto en este 2017.

Recién finalizadas las vacaciones en la costa, los excesos nocturnos y aun sin haber comprado todo el material escolar imprescindible para la vuelta al cole, Estoy Vivo irrumpió por primera vez en los televisores de 2.477.000 millones de hogares. La propuesta, aparentaba jugosa. Un policía (Roberto Álamo / Andrés Vargas) asesinado en el primer capítulo al que todavía no le había llegado la hora. Por ello los encargados del puente que enlaza la vida con la muerte le devolverían a la vida, en otro cuerpo. Mientras que para él habían transcurrido apenas unas horas, en La Tierra habían pasado cinco años. De vuelta en un cuerpo que no era el suyo (Javier Gutiérrez / Manuel Márquez), pero con un alma que permanecía intacta, debería acometer la misión de acabar con El Carnicero (Mon Ceballos), su propio asesino. Para ello contaría con la ayuda de su nueva compañera de patrulla, la subinspectora Vargas (Anna Castillo), su hija, que siguiendo a su padre se metió a policía.

Menudo embrollo. Lo sé. Pero entre leerlo y verlo existe mucha diferencia. Esta serie, que recientemente ha comprado Amazon TV, explica la trama principal de una manera fácilmente comprensible. Mezcla en sus capítulos intriga policial, situaciones cotidianas que podrían sucederle a cualquier persona en el mundo, y, principalmente, una sensación de impotencia al contemplar como Manuel Márquez, no puede revelar a su familia su verdadera identidad (Andrés Vargas), pues moriría de inmediato.

Mención aparte merece la interpretación de cuatro actores que encarnan a los personajes principales. El ganador del Goya a Mejor Actor Principal por La Isla Mínima, Javier Gutiérrez, interpreta de una forma maestra al inspector Márquez; la ganadora del Goya a Actriz Revelación por El Olivo, Anna Castillo, da vida a la subinspectora Susana Vargas; la actriz madrileña Cristina Plazas lograr llegar al lado más sensible de los espectadores con su interpretación de Laura Beltrán; el cuarto en discordia es Alejo Sauras, conocido por su papel en Los Serrano, que encarna a una especie de androide que comienza a entender lo que significa ser humano.

No voy a ser yo quien os revele todos los recovecos que se esconden en esta magnífica serie. No voy a ser yo quien os destripe todas las tramas. Os invito, no solo a verla, sino a disfrutarla, a sufrirla, y a sentir la sensación de agobio que infringe en quienes empatizan con los protagonistas.

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