Recientemente, mientras navegaba por la web oficial de la RAE, aterricé sin premeditación en una obra literaria editada por la propia Academia que llevaba como título Rimado de palacio, escrito por Pedro López de Ayala. El nombre del autor me resultó enormemente familiar, por lo que accedí rápidamente a leer el resumen del libro y buscar la relevancia cultural del escritor.

Efectivamente, don Pedro López de Ayala (1332-1407) es una figura histórica conocida por cualquier estudiante que haya cursado Literatura e Historia en la enseñanza media. Perteneciente a una de las familias más importantes de Álava, los Señores de Ayala, los cuales se asentaron en la localidad de Quejana, fue tanto un excelente estadista que le permitió ostentar el cargo de canciller en la corona de Castilla como un refinado literato y poeta. En su faceta de escritor, el mencionado Rimado de palacio es una de sus obras más conocidas, cuyo manuscrito lo redactó en su estancia en la cárcel de Óbidos (1385) donde transcurrió dos años de su vida tras la derrota de la batalla de Aljubarrota. El canciller se desahoga en el texto a través de diferentes discursos, la mayoría de carácter penitencial y suplica a la Virgen que le libere del cautiverio lusitano.

Al margen de la calidad de los poemas, cuál fue mi asombro cuando me percaté de que los textos recogidos en el Rimado han sido estudiados por diversos historiadores del arte que los han puesto en relación con algunas empresas artísticas promovidas por el canciller. Y es que el Señor de Ayala es también una figura contemplada dentro de los estudios dedicados a la Historia del Arte medieval (en concreto, dentro de la influencia gótica debido a las fechas de acción). La relación existente entre la poesía del Rimado y la producción artística favorecida por el noble reside sobre todo en las pinturas que decoran el retablo y frontal de altar de su capilla, ubicada en la casa-torre de Quejana, pues se dice que el texto motivó la iconografía de las mismas. El retablo es una pieza de madera con una estructura rectangular y disposición apaisada que recoge temas compartimentados que forman un ciclo cristológico-mariano, cuya presencia justifica la función funeraria de la capilla, pues se hallan enterrados en él el canciller y su esposa Leonor de Guzmán.

Retablo y frontal de altar

Conjunto del retablo y frontal de altar. Hoy en día, su original está en el Art Institute de Chicago. Hay una copia muy fidedigna en el torreón. Fuente: EUSKOMEDIA

No voy a acometer, por falta de espacio, un estudio exhaustivo del conjunto artístico de Quejana (susceptible de análisis tanto la estructura arquitectónica propia de la casa-torre como los sepulcros nobiliarios o los objetos artísticos mencionados, incluido un hermoso relicario que cobija en su interior un supuesto cabello de la Todosanta), sino que me limitaré a alzar la voz crítica en dos direcciones complementarias. Como primera alarma, debo subrayar la conciencia negligente de la comunidad científica vasca en cuanto a la protección de su patrimonio artístico. Para quien no lo sepa, el retablo mencionado fue vendido a compradores extranjeros por las monjas que regentaban la iglesia adosada a la capilla, con el fin de mejorar la situación económica precaria en la que vivían. Se trata de una pérdida de patrimonio vasco imperdonable, no por las monjas que en su ingenuidad no conocían la potencialidad del producto, sino que por aquellos versados en el tema que no se preocuparon por mantener la obra en su sitio original o luchar para que regresara de su falso destino.

Sepulcro de los Ayala (Pedro y Leonor)

Sepulcro doble de P.L. de Ayala y su esposa L. de Guzmán, ubicado frente al retablo. Fuente: EUSKOMEDIA

La segunda llamada concierne a la descuidada difusión del arte medieval ubicado en territorio vasco. Acaso el hecho de que la exportación del retablo se hubiera efectuado tan fácilmente hunda su explicación en que la sociedad vasca desconocía la existencia del mismo. Si hubiera habido una conciencia de patrimonio y una serie de valores proteccionistas, probablemente no se hubiera efectuado tal sacrilegio. Esto es sobre todo porque la difusión del arte vasco, fundamentalmente la relativa a la etapa medieval, sigue siendo muy deficitaria. Esto no significa que no existan investigaciones al respecto (de hecho, en los últimos años la bibliografía de arte medieval vasco se ha engrosado notoriamente) sino que la comunidad científica no se se ocupa de hacerlo comprensible y cercano a la sociedad.

En este sentido, la sección de ARTE de Pepucomag pretende a lo largo de los meses que anteceden las vacaciones de verano publicar una serie de artículos que aproximen al lector a las maravillas vascas de etapa medieval que le rodean. Se empleará para ello un lenguaje divulgativo y no se perseguirá tanto una descripción pormenorizada de las obras (para ello ya hay bibliografía específica) sino que los rasgos característicos que le suman relevancia. Este objetivo viene dado porque consideramos que el arte medieval ha sido una de las etapas más olvidadas y rechazadas en la cultura popular, quizá por la mala difusión que las instituciones han llevado a cabo y por los erróneos prejuicios que encierra el período. El primer paso ya lo dimos con un breve análisis de la catedral vieja de Santa María de Vitoria-Gasteiz y ahora con las olvidadas empresas artísticas relacionadas con el canciller de Ayala. Proseguiremos, en los números siguientes, con otras obras vascas medievales, aunque sin descuidar la actualidad artística del momento (incluyendo la musical) y reflexiones de índole muy diverso. Todo un manifiesto de intenciones extremadamente ambicioso que esperemos que resulte útil e interesante al lector ávido de conocimientos humanísticos.

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